LA NECESIDAD DE LUCHA IDEOLÓGICA PARA LA TRANSFORMACIÓN DEL ESTADO

Cosa nada rara dentro del falso discurso, moralista y de pragmatismo, de las fuerzas conservadoras y de sus representantes que ejercen el poder del Estado (neoliberales y afines), es el posicionamiento del rechazo a “las ideologías” en la práctica política, en las decisiones económicas y en la orientación del desarrollo social y cultural de la nación.

Este despropósito trata como cierto el que las ideologías son cosa del pasado, que están vinculadas a todo lo malo y son carentes de todo lo bueno que profesan la pretendidas “libérrimas democracias” occidentales, teniendo en Europa y Norteamérica sus referentes. Todo esto en un contexto de mercado todopoderoso que fundamenta al crecimiento económico ilimitado como única forma de alcanzar el bienestar.

Acordemos primero definir a las ideologías como sistemas de ideas que buscan convertirse en práctica colectiva con fines determinados. A partir de esta idea central, planteamos a continuación la contradicción misma que encierra la negación de “las ideologías” por parte de los neoliberales y afines, y, finalmente, ponemos en escena la necesidad de la lucha ideológica
antineoliberal para la transformación del Estado.

El neoliberalismo es la versión más aberrante y deshumanizada del capitalismo; por lo que mayor necesidad tiene de lograr aceptación, bien por convencimiento ligado a la conveniencia o bien por resignación ligada a la desesperanza y la ausencia de alternativas dentro de la población sobre la que se implementa; por lo que resulta ser, no solamente una práctica política y económica para la acumulación de capital y control geopolítico, sino también una concepción ideológica para la consolidación de la
dominación.


Es para los dueños del gran capital para quienes la ideologización neoliberal resulta conveniente y es para el resto de la población, para quienes la aceptación es el producto de ser empujado por la resignación.
Paradójicamente, el neoliberalismo fomenta y perpetúa una práctica generalizada basada en la acérrima defensa del individualismo, como eje central de las demás ideas que se tejen en torno suyo, ensalzando el egoísmo como motor de búsqueda de la máxima satisfacción y también de las máximas ganancias, en detrimento y claro desprecio de lo comunitario, de lo colectivo.

Así, si la prosperidad radica exclusivamente en las
acciones individuales, surge como necesidad la
desregulación para la realización máxima de los
intereses (incluso al nivel de transgredir las bases del
ordenamiento social), que es el criterio único para la
llevada y traída consigna de libertad, que se convierte
en privativa para los poseedores de condiciones que
efectivizan ese ejercicio de libertad.

¿Para qué entonces un Estado? Cuestiona el
ideólogo neoliberal. De ahí la consabida práctica de
desmantelar el Estado y a la vez modelarlo en garante,
por desatención e incapacidad, del descontrol del
mercado, de sus agentes, y con la disposición de
sacrificar a quienes por resignación intentan sobrevivir
al embate.

Las distorsiones en relación al trabajo y la ilusión
de esperanza que se desarrolla en torno al
emprendimiento (ampliamente aceptado y defendido
como el camino hacia la prosperidad sin definirlo y
dimensionarlo en el contexto real), se convierten en el
placebo ideológico para soportar un futuro incierto,
sobre todo cuando los más llegamos a enfrentarnos a
la carencia de poder y capital.

Entonces, en medio de los malabares para la
supervivencia familiar, para responder a las deudas
frente al inflexible y usurero sistema financiero,
para sortear las pérdidas económicas y soportar el
abandono institucional, la lucha antineoliberal y
anticapitalista no puede ser sólo económica y política,
es también necesariamente ideológica.

Así, el sistema de ideas de una postura para la lucha
antineoliberal debe al menos abarcar:

•La defensa de lo público en oposición a la
privatización, y no con indiferencia permisiva hacia
la corrupción de los que destrozan las instituciones
públicas y se enriquecen en el proceso, sino como
condición necesaria para su control y exigencia de
responsabilidad; pues, la corrupción en el sector
privado de los grandes capitales, liberado a sus
antojos, por un Estado endeble, es la garantía de más
perjuicios que soluciones para el pueblo trabajador.
La historia lo demuestra.

•La colaboración y solidaridad en oposición a la
competencia desenfrenada entre desiguales, para la
socialización de las oportunidades y el control de los
ciclos económicos orientado a la protección de los
más vulnerables. El desarrollo colectivo con justicia
es la premisa para el desarrollo individual.

•El control del mercado y la regulación de sus agentes
para la asignación progresivamente equitativa de los
recursos.

•La promoción de la participación social, no
dependiente del poder público, como camino a la
superación de la democracia representativa y de
construcción de la contraparte al ejercicio del poder
en manos de los representantes.

•La ideología y la ideologización de la práctica política,
en las decisiones económicas y en la orientación del
desarrollo social y cultural de la nación, son necesarias
y justas en la medida en la que representen y concreten
los intereses populares y especialmente de las y los
trabajadores, verdaderos productores de riqueza.
La “desideologización” de las disputas políticas es en
sí mismo una propuesta ideológica, promovida por la
clase dominante, con lo que busca perpetuar un patrón
de comportamiento neoliberal, en las esferas públicas
y privadas, vaciando de sentido a las reivindicaciones
de carácter colectivo, abstrayendo al sujeto de su esfera
social y volviéndolo soporte de las propias cargas que
el neoliberalismo pone en sus espaldas.

La ideología tiene, entonces, una función fundamental
en la formación de conciencia social, así como en
la posibilidad de construir alternativas reales a un
régimen de producción y acumulación para el cual el
Estado deviene un instrumento para la perpetuación
de sus privilegios y para el dominio de las grandes
mayorías.

En dicho sentido, no podemos perder el horizonte:
la lucha política es ideológica y por lo tanto la
lucha por la administración del Estado supone un
planteamiento ideológico.

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