Querían pan, alegría para sus hijos: por ello, con su fuerza sin armas, habían luchado. Más que en la ternura, más que en el amor, en estos rostros muertos hallaba Alfonso la solidaridad definitiva. Joaquín Gallegos Lara – Las Cruces bajo el Agua
El 15 de noviembre de 1922 sucedió uno de los hechos más importantes y significativos para el movimiento obrero del Ecuador, la Huelga General, una protesta de obreros y trabajadores que terminó en una masacre del pueblo guayaquileño.
Entre 1920 y 1923 Ecuador enfrentó la crisis cacaotera, generada por la baja en el precio de la fibra del cacao que en dos años disminuyó su valor de 26 a 9 centavos. Ante esta situación, la baja de precio volvió antieconómica la producción de cacao, por lo que las huertas fueron abandonadas y afectadas por diversas pestes.
Para el año 1922 las riquezas ecuatorianas se encontraban en manos de extranjeros, en compañías de exportación de frutas tropicales, la situación económica del país, marcada por el encarecimiento del costo de vida y la devaluación de la moneda, ordenada por el presidente Luis Tamayo – exempleado bancario- produjo el descontento de la población, en especial, de las clases más necesitadas que debían enfrentar, además, los bajos salarios y la explotación laboral.
En los días anteriores al 15 de noviembre, diversos sectores de trabajadores tras participar de la Asamblea General de Trabajadores Guayaquileños, comenzaron a paralizar sus actividades. Obreros ferroviarios, trabajadores de servicios como la luz y agua, de carros urbanos, de construcción, motoristas, conductores de los tranvías eléctricos, choferes, obreros de fábricas, comerciantes, empleados municipales, voceadores de periódicos, lavanderas, cocineras, empleadas, los Centros Femeninos La Aurora y Rosa Luxemburgo, entre otros, se iban sumando a las demandas. A partir del 13 de noviembre se decretó la huelga general.
La incidencia de los ideales socialistas en los obreros tras el triunfo de la Revolución Rusa permitió que los huelguistas exigieran mejores condiciones de vida, entre sus peticiones estaba el establecimiento de jornadas de ocho horas; el pago al sobretiempo después de las ocho horas laborales; alza de salarios, entre otras, en el pliego de peticiones los trabajadores daban un plazo de 24 horas al gobierno. El 14 de noviembre Guayaquil amaneció paralizada y sin luz.
El 15 de noviembre una multitud marchó hacia la Gobernación entregando un manifiesto con sus peticiones, además, de exigir la liberación de algunos compañeros huelguistas que habían sido detenidos el día anterior, sin embargo, ya existían órdenes por parte del presidente Tamayo de poner fin a los desórdenes en la ciudad de Guayaquil, por lo que la fuerza pública, sin dudarlo, abrió fuego contra de los manifestantes.
La policía y los militares masacraron brutalmente a las y los trabajadores, algunos distinguidos por su ropa de trabajo y a las mujeres que cargaban banderas rojas, en la descripción del escritor Alejo Capelo, “en las calles, en los portales, tras cualquier cosa, querían encontrar refugio los hombres del pueblo, pero era imposible encontrar donde ocultarse, a la vuelta de cualquier esquina estaban los chacales que mataban con inaudita cobardía”. (Alejo Capelo, 15 noviembre: Una jornada sangrienta)
Ante este escenario y frente a la cantidad de hombres, mujeres, ancianos y niños/as muertos, la policía comenzó a lanzar los cadáveres al río, posteriormente, sin conocer quien las puso comenzaron a flotar cruces sobre el río Guayas, como describiría Joaquín Gallegos Lara en su conocida obra: “De repente, por el extremo de los muelles, más allá de las canoas y barcas, Alfonso vió recortarse escueto un grupo de negras cruces. Se erguían, flotando sobre boyas de balsa. Eran altas, de palo pintado de alquitrán. Las ceñían coronas de esas moradas flores del cerro, que se consagra a los difuntos”. Otros cuerpos recibieron sepultura en una fosa común del cementerio general. Guayaquil estaba de luto.
La cantidad de muertos tras la masacre del 15 de noviembre de 1922 es aún indeterminada, algunos datos van entre 500 a 1500 personas, trabajadores y trabajadoras que demostraron que sin su trabajo y voluntad la economía no puede funcionar, se pasó de una sublevación popular a la represión de la fuerza pública, de la protesta de obreros a una matanza de hombres y mujeres desarmadas, muchas de ellas se encontraban en las calles con sus hijos.
Tras este sangriento episodio, los trabajadores, identificando a la burguesía como su enemiga de clase, la oligarquía que incluso aplaudió el accionar de la policía frente a demandas “excesivas” de “comunistas”, y comprendiendo la importancia de la unidad, consideraron la alianza obrero – campesina como frente de lucha, marcando el ingreso del movimiento de la clase obrera a las revoluciones sociales del país.





