“Nosotros no podemos incurrir en la ilusión o en el error, en ningún momento, de que el socialismo y el comunismo se puede construir sin el Partido, sin el trabajo abnegado del Partido y dela Juventud. (…) La construcción del socialismo implica utilizar mecanismos, que se adaptan a un momento histórico, a una circunstancia histórica, a un período de tránsito; y nuestra doctrina, que es sin duda la más hermosa, la más revolucionaria, la más humana que ha existido jamás, se propone una sociedad comunista”
— Fidel Castro
Ecuador atraviesa una nueva fase de profundización del neoliberalismo, cuyos efectos materiales — precarización laboral, migración forzada, desmantelamiento del Estado social — se articulan con dispositivos de dominación más sutiles, pero igualmente peligrosos. La colonización algorítimica de las redes sociales, el avance de las economías criminales y la mercantilización total de la vida moldean la subjetividad juvenil desde la lógica del aislamiento, la competencia y el éxito individual.
Hoy, amplios sectores juveniles viven entre la frustración cotidiana y el aspiracionismo utópico que les ofrece el mercado: migrar, emprender, convertirse en influence o “salir del barrio”. La promesa de éxito personal despolitiza y fragmenta. Frente a este escenario, la militancia comunista — y en particular su juventud — tiene una tarea urgente: restituir la política como horizonte colectivo y la organización como única salida posible.
Esto requiere un esfuerzo claro por romper con la lógica neoliberal que ha convertido a la juventud en objeto de consumo y no es sujeto político social. No basta con resistir. Hay que disputar el sentido común, interrumpir la lógica de la resignación y construir referentes políticos juveniles anclados en las condiciones concretas del estudiantado, de los jóvenes trabajadores y de las juventudes populares.
Las Juventudes Comunistas no se construyen desde el discurso vacío ni desde la nostalgia de un pasado idealizado. Leemos en tiempo presente, comprendemos la realidad que nos habita y con ello se diseñan las estrategias que buscan politizar las vivencias cotidianas. No hay táctica eficaz sin diagnóstico concreto, y no hay construcción revolucionaria sin un programa que articule las demandas inmediatas con un horizonte de transformación profunda y por ello se cuenta con la guía estratégica del partido y su programa.
La juventud como estamento movilizador debe defender los derechos del pueblo en general y también trabajar por sus plataformas específicas, sobretodo, las relacionadas a la educación, y por ello impulsamos una tercera reforma universitaria que democratice el acceso al conocimiento, que vincule a la universidad con los sectores populares y que la convierta en un instrumento de emancipación y no de reproducción de privilegios. Junto a esto, urge construir espacios de organización política entre estudiantes secundarios, politizar la escuela y disputar la conciencia juvenil desde las primeras etapas de formación.
En los barrios, miles de jóvenes sobreviven entre la informalidad, el desempleo y la violencia estructural. La organización comunista debe irrumpir allí, no solo con consignas, sino con presencia, coherencia y acompañamiento. Hay que politizar la precariedad, convertir el desencanto en fuerza colectiva y disputar también el territorio simbólico donde la juventud busca sentido.
Ser joven comunista hoy es entender que las luchas por los derechos no pueden reducirse a esferas identitarias sin proyección estratégica. Debemos articular lo diverso en torno a la lucha de clases, sin perder la brújula ni el horizonte revolucionario. La derecha ha sido eficaz en segmentar las luchas y vaciarlas de contenido político. Nuestra tarea es recomponerlas con sentido transformador.
Las Juventudes Comunistas necesitan estructuras firmes, formación ideológica rigurosa, compromiso con la ética militante y capacidad para construir hegemonía. No basta con la indignación: hace falta organización, disciplina y una clara orientación de clase.
Hoy más que nunca, el trabajo de las juventudes comunistas debe tener vocación de mayoría. Apostar a ser parte de una estrategia de poder popular y no quedarse en los márgenes de lo testimonial o meramente reivindicativo.
Ser joven comunista hoy es un compromiso con la historia y la humanidad. Es asumir que la transformación vendrá desde abajo y con los de abajo. Es organizarnos para que nunca más nos gobierne el miedo ni la indiferencia. Es dotar de sentido, identidad y futuro a una generación que clama por su Partido de clase, por su instrumento de lucha, por su vanguardia organizada.




