La relevancia que la discusión sobre el aborto tiene hoy, es innegable para la izquierda. Frente a intenciones de cooptación del discurso por parte de una gran cantidad de ONG’s y agencias serviles al sistema capitalista, que buscan romper los tejidos sociales y vaciarlo de contenido; las mujeres comunistas reivindicamos el derecho a la libre elección sobre la interrupción del embarazo desde una mirada de clase social, porque concebimos que la cuestión de la reproducción no está deslindada del sistema de producción capitalista, y las mujeres como sujetas de apropiación del plusvalor que se genera a partir del trabajo reproductivo, que usa como instrumento nuestros cuerpos de las mujeres fundamentalmente pobres, en tanto reproductoras de fuerza de producción, aseguradoras de cambio generacional en la fuerza de trabajo, cuidadoras para los sectores vulnerables de la sociedad (ancianas/os, niños/as, personas con discapacidad), cuidadoras de los niños y niñas de otras mujeres de la clase burguesa.
Pero, “no es la biología en sí misma la que establece las bases materiales de la opresión de las mujeres; sino en cambio, la dependencia del capital de los procesos biológicos específicos de las mujeres (embarazo, parto, lactancia) para asegurar la reproducción de la clase obrera” (Ferguson y McNally, 2013, p. 4). Así, nuestra defensa por el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, cuestiona el sistema de reproducción capitalista, y aporta hacia el desmontaje de una estructura ideológica burguesa sustentada en la familia tradicional como núcleo de asignación de roles, en donde las mujeres asumen el cuidado y trabajo doméstico casi en su totalidad, y conciben la maternidad como un rol natural y obligatorio de las mujeres; una estructura que además de injusta, resulta anacrónica, tomando en cuenta que las mujeres nos encontramos cada vez más insertas en el campo del trabajo asalariado, y por cuenta propia, siendo insostenible la doble y hasta triple carga frente a los cuidados.
Defender la libre determinación frente a los cuerpos desde una mirada de clase, nos convoca también analizar otras lógicas ancestrales, y a la reproducción como forma de preservación cultural y defensa de sus territorios; siempre en la línea del respeto de los derechos humanos. Así, mientras, la plataforma de la interrupción del embarazo y despenalización del aborto como una opción, no obliga ni pretende obligar a nadie a tomar una decisión que tiene que ser propia y voluntaria, pero con las garantías necesarias para que sin duda, no sea ni de lejos la única opción; en cambio el sistema capitalista hace uso de políticas genocidas, que disfrazadas de natalidad, buscan exterminar a pueblos originarios que se constituyen como defensores de sus territorios, y por ende como trabas para el despliegue del gran capital ligado a sectores como la minería, explotación petrolera, y los grandes negocios agroindustriales. Un claro ejemplo, de estas políticas genocidas son las esterilizaciones forzadas sufridas por más de 270 mil mujeres indígenas de la Amazonía peruana durante el gobierno de Fujimori entre el 96 y el 2000.
Mientras, los sectores tradicionalistas atacan de manera violenta a quienes luchamos por la despenalización del aborto y proponemos su tratamiento como una cuestión de salud pública; poco importa cuando se trata de pagar las pensiones alimenticias, o cuando el aborto se paga para la “amante”, o de sí las putas siguen abortando, o cuando se trata de la “chica de casa” que viaja al extranjero o paga a su doctor familiar para abortar, porque metió la pata. Pero irónicamente, les enferma hablar del derecho al aborto y se aterrorizan con solo pensar en que la “ideología” de género invada la educación de sus hijos/as, mientras se siguen preguntando por qué los pobres siguen teniendo hijos/as, o colocan soluciones milagrosas como la adopción, argumentos que caen por su propio peso, en una sociedad con sistemas de acogimiento abarrotados de niñas y niños que terminan toda su vida institucionalizados.
A la burguesía, el oscuro velo de la “moral y el dogma” no les permite ver más allá de la nariz y tampoco les es conveniente hacerlo, porque eso significaría trastocar una parte neuronal del sistema capitalista. Por ello, el derecho a elegir sobre la interrupción voluntaria del embarazo, lo peleamos para todas, pero con firme mirada de clase, para que no solo represente derecho formal sino igualdad frente a la vida, en tanto acceso integral a la salud, pública, gratuita y de calidad, eliminación de brechas de acceso entre campo y ciudad, reconocimiento y garantía de acceso a prácticas de salud ancestral, no revictimización, reparación y resarcimiento frente a mujeres y niñas víctimas de violación, posibilidad real para las mujeres de decidir cuándo y cuántos hijos tener, en una sociedad libre de violencia. Exigimos al Estado una legislación que ejecute la sentencia para contar con una ley integral de despenalización del aborto en casos de violación, de manera inmediata; y la garantía de acceder a este derecho.
En la línea de Quijano, reivindicamos al cuerpo de las mujeres como territorio de disputa en tanto espacio donde se ejerce la dominación y explotación frente a relaciones de género que se imponen desde la visión de la libertad sexual de los varones, fidelidad de las mujeres, prostitución no pagada, esquemas familiares burgueses, pero sobre todo reivindicamos el derecho a la autodeterminación de las cuerpas de las mujeres en contra de la explotación capitalista, como forma de resistencia y transgresión. Conscientes de que no es ni de lejos la única ni la más importante lucha que tenemos las mujeres de la clase trabajadora, pero que es sumamente necesaria, en el campo de batalla contra el capitalismo patriarcal.
“Es inexplicable e injustificable que el vital problema sexual se relegue hipócritamente al casillero de las cuestiones puramente privadas”
Alejandra Kollontai.
cJO
CC PC Ecuatoriano


