Alfaro vive, la lucha sigue: A 130 años de la Revolución Liberal

Eloy Alfaro no fue solamente el líder de la Revolución Liberal de 1895; fue, sobre todo, un parteguas histórico que colocó en el centro del proyecto nacional los principios del laicismo, soberanía, republicanismo y justicia social.

Hoy, 130 años después, su legado adquiere renovada vigencia en un Ecuador sacudido por la recolonización neoliberal, el debilitamiento institucional y la ofensiva de un bloque de poder que, como en aquel entonces, busca entregar la patria a intereses foráneaos.

La memoria de Alfaro no debe ser celebrada como un símbolo decorativo, si no como inspiración para la acción política. Su figura representa una ruptura con las oligarquías serviles del siglo XIX, que — como hoy lo hacen Noboa y su bloque legislativo — entregaban el país a los designios del capital extranjero. La lucha de Alfaro fue la de un pueblo que decidió conquistar su soberanía no con pactos de élite, si no con organización popular y proyecto político.

Hoy, en pleno siglo XXI, el Ecuador enfrenta una encrucijada similar. El retorno de bases militares extranjeras — amparado en una narrativa de “seguridad” construida por los medios y validada por asambleístas entreguistas — no es más que la reedición del viejo pacto oligárquico-colonial. Se pretende convencer al pueblo de que la salvación vendrá del norte, cuando la experiencia histórica demuestra que la presencia militar extranjera no trae paz, sino subordinación, impunidad y control geopolítico.

Desde una lectura marxista, esta situación evidencia el carácter estructural del bloque en el poder: un bloque hegemonizado por la élites económicas, mediáticas y políticas, cuya función es garantizar las condiciones de reproducción del capital transnacional. Para confrontarlo, no basta con la denuncia moral. Se requiere una estrategia contra hegemónica que articule organización popular, unidad programática e ideología sólida,.

Como nos enseña Gramsci, la lucha por la hegemonía no se libra solamente en las urnas o en las calles, sino en todos los frentes: cultural, institucional, simbólico económico. Por eso, recordar a Alfaro hoy debe ser también un llamado a disputar todos los espacios de poder con vocación transformadora, a construir una izquierda con horizonte socialista y a fortalecer un bloque histórico que rompa con la lógica de la resignación.

La traición legislativa, la instalación de bases militares extranjeras, la privatización encubierta, la criminalización de la juventud trabajadora y la ofensiva ideológica de la derecha nos interpelan como generación política. Nos exigen estar a la altura de quienes entregaron su vida por la patria y por la justicia. Como Alfaro, debemos apostar por la ruptura y no por la administración del orden.

Reivindicar a Alfaro y la Revolución Liberal no es repetir su nombre: es asumir su legado de lucha anticolonial, republicana y popular. Es levantar de nuevo un proyecto nacional emancipador con unidad ideológica, organización firme y dirección política clara.

Como Alfaro, los principios no se negocias. Y si algo nos enseña la historia, es que los pueblos que olvidan su raíz combativa, terminan gobernados por quienes venden su futuro.

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