De Clara Zetkin a las luchas contemporáneas: perspectiva de clase y feminismo marxista 8M

El 8 de Marzo se inscribe en la tradición de lucha de las mujeres trabajadoras organizadas. Fue Clara Zetkin, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague en 1910, quien propuso establecer un Día Internacional de la Mujer Trabajadora como herramienta de agitación y organización política. Para Zetkin, la cuestión femenina no podía separarse de la cuestión social. “La emancipación de la mujer será obra de la mujer misma, pero solo podrá realizarse en alianza con el proletariado en su conjunto”, sostuvo en diversos discursos y escritos.

Desde esa raíz histórica, el 8M representa una perspectiva que vincula la opresión patriarcal con la estructura económica que la reproduce. Alexandra Kollontai, dirigente revolucionaria y teórica socialista, insistía en que la liberación femenina requería transformar las bases materiales de la sociedad. En La nueva moral sexual (1918), afirmaba que “la mujer no podrá ser verdaderamente libre mientras dependa económicamente del hombre”. Para Kollontai, la incorporación de las mujeres al trabajo socialmente productivo y la socialización de las tareas domésticas eran condiciones indispensables para romper la subordinación histórica.

Este enfoque no se limitaba a la igualdad jurídica, sino que señalaba la división sexual del trabajo como pilar del orden capitalista. Décadas más tarde, Silvia Federici profundizaría esta perspectiva al señalar que “el trabajo doméstico no remunerado es el fundamento invisible de la acumulación capitalista” (Calibán y la bruja, 2004). Federici mostró cómo la expropiación de saberes y cuerpos femeninos fue parte constitutiva del surgimiento del capitalismo, consolidando una subordinación funcional al sistema.

En América Latina, pensadoras como Julieta Kirkwood plantearon que “no hay democracia sin feminismo”, señalando que la participación política de las mujeres debía estar anclada en una transformación estructural y no en la mera inclusión formal. Lélia González, desde Brasil, vinculó género, clase y raza, advirtiendo que la opresión de las mujeres negras no podía entenderse al margen de la historia colonial y esclavista.

Las luchas contemporáneas del 8M confirman la vigencia de este marco teórico. En el terreno de la participación política, las mujeres ocupan aproximadamente el 26% de los escaños parlamentarios a nivel mundial (ONU Mujeres, 2023). En América Latina, la cifra ronda el 33%, gracias a mecanismos de paridad en algunos países. Sin embargo, esta presencia sigue siendo insuficiente frente a una estructura de poder históricamente masculinizada. Además, las mujeres continúan subrepresentadas en los espacios ejecutivos y en ministerios estratégicos.

La desigualdad se profundiza en el ámbito del trabajo y los cuidados. Según la OIT, las mujeres realizan alrededor del 76% del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo. Esta sobrecarga limita su participación política y su inserción laboral plena. La economía capitalista externaliza los costos de la reproducción social hacia los hogares, descargándolos desproporcionadamente sobre las mujeres. Como afirmaba Kollontai, “mientras el trabajo doméstico siga siendo una responsabilidad privada, la mujer seguirá siendo prisionera del hogar”.

La precarización laboral tiene rostro femenino. La brecha salarial global se mantiene en torno al 20%, y la llamada “penalización por maternidad” implica reducciones sustanciales en ingresos y oportunidades de ascenso. Las madres experimentan mayores interrupciones laborales que los padres, reproduciendo dependencia económica y desigualdad estructural. Esta realidad se conecta con la feminización de la pobreza: en América Latina, más del 30% de los hogares encabezados por mujeres se encuentran en situación de pobreza.

Otro rasgo del capitalismo contemporáneo es la feminización de la migración. Las mujeres representan aproximadamente el 48% de la población migrante internacional (ONU, 2022), muchas insertas en cadenas globales de cuidados. Esta dinámica traslada la carga de la reproducción social desde los países centrales hacia mujeres empobrecidas del Sur global, profundizando desigualdades de clase, género y raza.

El feminismo marxista no plantea una lucha sectorial aislada. Parte de la convicción de que la opresión de las mujeres está imbricada en la estructura económica y social. Como señalaba Clara Zetkin, “la lucha por los derechos de la mujer trabajadora forma parte inseparable de la lucha de clases”. El 8M, desde esta perspectiva, es una jornada de movilización, organización y huelga en denuncia del patriarcado capitalista y la afirmación de un horizonte emancipador revolucionario.

Hoy, cuando el neoliberalismo mercantiliza incluso el cuidado y profundiza la desigualdad, el feminismo de clase ofrece una brújula estratégica: organizar a las mujeres trabajadoras, articular la lucha feminista con la lucha anticapitalista y disputar la reorganización social del trabajo. De Clara Zetkin a las luchas contemporáneas, el 8M reafirma que la emancipación de las mujeres no será concesión del poder, sino conquista colectiva.

Porque, como enseñaron las revolucionarias que abrieron camino, sin transformación estructural no habrá igualdad real. Y sin la liberación de las mujeres trabajadoras, no habrá emancipación social posible.

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