La violencia es una expresión del sistema cuya forma de dominación se expresa por la fuerza (no solo física) hacia una persona.
La característica de un sistema que es de por sí violento como es el sistema capitalista, siempre ha sido la explotación de un@s sobre otr@s. Es así que su expresión es sin duda violenta, porque despoja a las y los seres humanos de gran parte del fruto de su trabajo, e incluso de gran parte de su humanidad, bajo un sistema de dominación y alienación.
En este contexto, las mujeres, vistas en un sistema capitalista como mano de obra barata, y como mercancía a partir de la cosificación de los cuerpos, sufrimos los mayores embates.
En el sentido económico, la pobreza, también afecta de manera más aguda a las mujeres. En el Ecuador existe mayor índice de mujeres en trabajos no remunerados, informales, con menores ingresos. Las mujeres en promedio reciben más de 100 dólares menos que los hombres a nivel salarial, y son realidades que se reflejan en cifras. Las mujeres cabeza de hogar son mayormente expuestas.
Pero la violencia económica, trasciende a las demás esferas de lo público, en donde la violencia física, la violencia psicológica, la violencia sexual, la violencia de Estado y el femicidio, son un reflejo claro de un sistema capitalista patriarcal que nos oprime.
En países del subdesarrollo Latinoamérica, África, países de las periferias, la violencia se expresa con agudeza: México con la violencia de Estado más fuerte en Latinoamérica, en donde las mujeres son víctimas de las peores aberraciones, con índices espeluznantes de violencia sexual: 66 de cada 100 mujeres han sido víctimas de violaciones. O Palestina, un país en donde las mujeres son usadas como “arma” de guerra, en un marco de invasión de su país, en el cual las mujeres además de resistir frente a la invasión sionista, deben resistir y luchar contra el despojo de su cuerpo como territorialidad; son solo destellos de lo que pasa en el mundo.
Es así que, la violencia no está solo Ecuador, o en México, también está en España, está en África y está en el mundo, esa violencia patriarcal que ha logrado sexualizar hasta tal punto a las mujeres, que su cuerpo es convertido en objeto de satisfacción y despojo, en consecuente analogía con el sistema de mercado.
Son entonces nuestros cuerpos, espacios de disputa contra la violencia, una violencia sistémica que tampoco nos deja decidir ser (o no ser) madres. Que a las mujeres que más afecta es a las mujeres víctimas del sistema económicamente violento, a las mujeres que no tienen la capacidad de decidir porque no tienen las condiciones para hacerlo.
En el 2008 se hablaba que 1 de cada 6 mujeres interrumpían su embarazo, y las mujeres más pobres que toman medicamentos sin prescripción, o acuden a clínicas clandestinas, sufren perforación del útero, entre otras complicaciones que incluso las llevan a la muerte. Pero por si fuera poco, quienes sobreviven, en países como el nuestro son criminalizadas: Según cifras oficiales, 243 mujeres en Ecuador han sido criminalizadas en los últimos seis años, solo en 2017, 62.
En el 2016, según la revista Awake, “más de 3.600 niñas, menores de 15 años, son madres por producto de violación”. Eso refleja un sistema violento no solo contra las mujeres, también contra las niñas.
Un sistema violento en todos los sentidos, que ha impregnado el patriarcado tanto en lo micro como a nivel macro; el despojo de los cuerpos como objetos de uso se refleja en las alarmantes cifras de femicidio en nuestro país, que se han duplicado con respecto al año anterior en donde, según colectivos feministas, una mujer es violentamente asesinada cada 55 horas.
Es así que, decir “solo” que, seis de cada diez mujeres sufren violencia en nuestro país, quizá no refleja la magnitud del problema, y es que las mujeres estamos resistiendo en un sistema que nos explota en vida, pero que también se ha ensañado con nosotras hasta tal punto de decir que ¡NOS ESTÁ MATANDO!!!
RESISTIMOS!!!!


