Donald Trump encarna una de las expresiones más descarnadas del imperialismo contemporáneo. Su figura no puede analizarse como un simple liderazgo excéntrico o autoritario, sino como la manifestación política de una fase agresiva del capitalismo monopolista, dispuesto a profundizar la dominación económica, militar y cultural de los pueblos del mundo. Trump no es un accidente: es el producto de un sistema que, para sostener sus privilegios, necesita más violencia, más saqueo y más guerra.
Desde su discurso abiertamente racista y xenófobo hasta sus amenazas directas contra países soberanos, Trump ha demostrado desprecio absoluto por el derecho internacional y por la autodeterminación de los pueblos. Su visión expansionista —que concibe al mundo como un tablero de negocios y zonas de influencia— reactualiza la lógica colonial más brutal: quien no se somete, es castigado. Las amenazas contra América Latina, Medio Oriente, China, Rusia o Irán no son simples provocaciones retóricas; son expresiones concretas de una política belicista que busca imponer, por la fuerza, los intereses del capital estadounidense.
El trumpismo se sostiene en una alianza orgánica con las grandes corporaciones transnacionales, el complejo militar-industrial, el capital financiero y los sectores más reaccionarios de la burguesía. Bajo el discurso de “America First”, Trump gobernó —y pretende volver a gobernar— para las petroleras, las industrias armamentísticas, los grandes bancos y los monopolios tecnológicos. La guerra, las sanciones económicas y el bloqueo no son errores de su política: son mecanismos deliberados de acumulación capitalista. Cada conflicto armado es un negocio; cada país sancionado es una oportunidad para extorsionar y recolonizar.
Su desprecio por la vida humana se expresa también en su negacionismo climático, su rechazo a políticas mínimas de protección social y su criminalización de la migración. Trump representa un proyecto civilizatorio regresivo, donde la ganancia está por encima de la vida, y donde los pueblos del Sur global son tratados como prescindibles. La dignidad humana, la solidaridad internacional y la cooperación entre naciones no tienen lugar en su mundo.
Para los pueblos de América Latina, Trump simboliza la continuidad histórica de la Doctrina Monroe: “América para los intereses de Estados Unidos”. Intervencionismo, bombardeos, secuestros de presidentes legítimamente electos, golpes blandos, chantaje económico y amenazas militares forman parte de un mismo guion imperial que busca frenar cualquier proyecto soberano, popular o socialista. Frente a ello, la resistencia antiimperialista no es una consigna abstracta, sino una necesidad histórica.
Desde una perspectiva marxista, denunciar a Trump es denunciar al sistema que lo produce y lo necesita. No se trata solo de derrotar a un individuo, sino de enfrentar al capitalismo imperialista que condena a la humanidad a la guerra permanente, la desigualdad extrema y la destrucción del planeta. La tarea de los pueblos es clara: organización, conciencia de clase y lucha internacionalista. Porque mientras el imperialismo exista, figuras como Trump seguirán siendo un peligro real para la humanidad.





