Todo es un asunto de clase, la única salida es revolucionaria.

EDITORIAL

Al gobierno no le bastan los miles de muertos, ahora pretenden arrebatarles el futuro a la niñez y a la juventud y condenar a la esclavitud a los trabajadores.

Aunque en el debate cotidiano está de moda la despolitización, el supuesto abandono de las ideologías o el “acuerdo” como mecanismo para la solución de conflictos, sería ingenuo pensar que las medidas del gobierno nacen como un mecanismo ecuánime o equilibrado para garantizar mutuos beneficios entre empleados y empleadores o arrendatarios y arrendadores, etc.

El discurso conciliador es una farsa, igual lo son las “amplias asambleas” en las cuales los “democráticos” intentan ahogar la voz de las minorías politizadas e ideologizadas (comúnmente las más preparadas) a las que pretenden apagar imponiendo los cobardes “consensos”.  Eso que pasa en la política se traslada a la vida cotidiana, es por ello que antes de pensar que los acuerdos o consensos son lo mejor, debemos tener clara la composición de esa sociedad y las relaciones de fuerza y de poder que se ejercen en esas diversas relaciones. En ese sentido, pareciera que lo más razonable es usar el llamado “sentido común”, lo pragmático, lo inmediatamente posible, pero, si pensamos así obviamos que el sentido común es una imposición social de lo que adecuado o correcto, conforme esto favorezca a los intereses de la clase dominante, en este caso la burguesía.

Aunque en política una buena táctica debe establecerse sobre hechos objetivos, los resultados si pueden y deben ser pensados en cambios reales que pueden sacarnos de una vez por todas de esta realidad, aunque esta parezca insuperable.

Para empezar: quien necesita mantener su trabajo, y sabe que en época de crisis conseguir algo nuevo será casi imposible, el momento que se enfrenta a “acordar” con su empleador, se enfrenta a una persona que en cambio sabe que, si su empleado no acepta su propuesta, le será fácil conseguir un reemplazo y hasta más barato.  Esa es la más objetiva ley del capitalismo, la oferta y la demanda.  Lo mismo pasa en los casos de los arrendamientos de viviendas, la renegociación de deuda y similares aspectos. Es decir, quien ejerce el poder no es el empleado, sino el empleador o el dueño de la casa.

Con lo expuesto, queda claro, que las medidas aprobadas en la llamada ley humanitaria, tienen de humanitario solo la supervivencia del obrero sin ninguna protección, mientras que el capital acumulado y la ganancia ha sido defendida, protegida y más bien beneficiada, pues no pierde nada, no arriesga nada y podrá acumular más, pues podrá mantener a sus empleados con sueldo rebajado durante 4 años.  Esto es un asunto de clase y un tema de ideología.

A la par aprobaron la ley de fortalecimiento de las finanzas públicas, la misma que no pasó en octubre de 2019, y que afecta gravemente las autonomías y fractura el Estado de derecho y la soberanía nacional; en resumen, es la entrega del país a los intereses del capital internacional y los tenedores de la deuda por sobre los intereses de las familias ecuatorianas.

Como parte de la misma receta neoliberal, el Ministerio de Finanzas habla de recortes.  Deben millones de dólares a los gobiernos locales, desaceleran la inversión pública, reducen el circulante al reducir los sueldos de los empleados y trabajadores públicos y, para colmo, pretenden disminuir el presupuesto de la educación básica, media y superior.  Esto último ha recibido una fuerte respuesta del movimiento estudiantil, liderado por dirigentes revolucionarios de la FEUE Nacional, a lo que se han sumado muchos más, logrando ganar una batalla legal que frena el recorte presupuestario, pero, mientras esto sucede, ya hay cientos de docentes despedidos, que hoy deberían empezar a exigir se les restituya a sus labores.

Con ese escenario político y económico, lo único que queda es la objetividad revolucionaria. Hoy se hace mucho más necesaria la transformación revolucionaria y por ello es absolutamente necesaria la unidad política y de clase.

Con el progresismo se debe tener acuerdos, pero para que respalden las tesis revolucionarias y no caigan en la rección pequeño burguesa.

Esa unidad es fundamentalmente con el pueblo y hay que aclarar este aspecto pues, en ocasiones, se piensa que la unidad es con quienes desde movimientos, colectivos, grupos, asambleas o similares plataformas se pretenden puros y limpios de partidos políticos; se emocionan ingenuamente y se enorgullecen estúpidamente de sus debilidades ideológicas, pero hay que tener claro que ese mismo puñado de sinvergüenzas no podrán coincidir con nosotros en la táctica, pues mientras nosotros pretendemos subvertir el orden de las cosas, ellos quieren buscar soluciones posibles y de consenso, en donde, como se manifestó en líneas anteriores, los intereses de los oprimidos quedan reducidos a las dádivas apenas justas para la subsistencia.

Habrán muchas plataformas, muchas unidades, muchos espacios, pero para estar en ellos y disputar de verdad la conducción revolucionaria de los procesos, hoy más que nunca es indispensable el crecimiento y fortalecimiento de una estructura partidista, orgánica y disciplinada, con centralismo democrático y apegada a las masas en donde debe vivir para conducirlas a la lucha por la liberación.

Secretariado Nacional.

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