Somos Marxistas – Leninistas!

Tres años después de la victoria de la revolución bolchevique, el militante anarquista Kropotkin, escribió al gran revolucionario marxista Lenin una carta sobre los problemas por los que transitaba el inicio de la revolución socialista de 1917.

El difícil contexto político, social y económico por el que se encontró Rusia, en medio de una Guerra Mundial, a lo que se sumó un atrasado desarrollo de las fuerzas productivas y sus relaciones sociales y la ofensiva imperialista para detener el avance de los bolcheviques, hacen imperativo estudiar la experiencia de la primera revolución proletaria victoriosa como guía para presentes y futuros procesos.

Entre los debates más trascendentales, a más de los económicos enmarcados en la Nueva Economía Política (NEP), fue el rol de la organización revolucionaria –el Partido- su rol, vinculación y desenvolvimiento con las masas.

El genio de Lenin, como filosofo de la praxis, desarrolló ampliamente el marxismo para el entendimiento de la realidad rusa en medio de una nueva etapa del capitalismo, dando a la teoría marxista actualizados análisis referentes a la concentración privada del capital mediante la consolidación monopólica internacional. De la misma manera desarrolló la teoría de la revolución para transformar la realidad científicamente.

En ese sentido, el leninismo no es “simplemente” el exclusivo análisis del capitalismo en su etapa superior: el imperialismo; peor aún, los simples axiomas sin contenido sobre la estructura de la organización revolucionaria y la nueva organización social.

El leninismo es –en una definición amplia- la aplicación y desarrollo del marxismo bajo las condiciones objetivas del capitalismo en la fase imperialista y el desarrollo de la lucha de clases del proletariado. Es la concepción marxista del factor subjetivo aplicada a los problemas de la superestructura: Estado, conciencia de clase, hegemonía y partido.

La carta de Kropotkin a Lenin posee una importancia particular, no solo por ser una demanda hacia Lenin y la Revolución bolchevique sino por poseer, en esencia, un debate sobre dos espacios diferentes pero dialécticamente unidos: partido y masa.

En la carta, Kropotkin, manifiesta lo siguiente:

“Sin la participación de fuerzas locales, sin una organización desde abajo de los campesinos y de los trabajadores por ellos mismos, es imposible el construir una nueva vida. Pareció que los soviets iban a servir precisamente para cumplir esta función de crear una organización desde abajo. Pero Rusia se ha convertido en una República Soviética sólo de nombre. La influencia dirigente del “partido” sobre la gente, “partido” que está principalmente constituido por los recién llegados -pues los ideólogos comunistas están sobre todo en las grandes ciudades-, ha destruido ya la influencia y energía constructiva que tenían los soviets, esa promisoria institución. En el momento actual, son los comités del partido, y no los soviets, quienes llevan la dirección en Rusia. Y su organización sufre los defectos de toda organización burocrática.

Para poder salir de este desorden mantenido, Rusia debe retomar todo el genio creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo, pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida. Y cuando más pronto la necesidad de retomar este camino sea comprendida, cuanto mejor será. La gente estará entonces dispuesta y gustosa a aceptar nuevas formas sociales de vida. Si la situación presente continúa, aún la palabra “socialismo” será convertida en una maldición”

Kropotkin posee elementos trascendentales sobre el desenvolvimiento revolucionario. Críticas muy fuertes que pueden ser mal interpretadas ya que no existe una clara delimitación entre partido y masa.

Como es conocido, para el anarquismo, la lucha por la toma del poder no es fundamento en su doctrina, de la misma manera el no reconocer la importancia de una organización revolucionaria como un Partido. Sin embargo, la táctica anarquista sobre el rol de los sujetos populares posee, en cierta medida, un símil de relación con el planteamiento marxista. En síntesis, el pueblo que sea quien construya su propia historia.

Sin embargo, lo que posee toda veracidad en la carta de Kropotkin -y que lo tenía claro Lenin- es en que un partido o movimiento no puede suplantar a las masas populares, peor aún, bautizar nominalmente sin que antes se efectúe el nacimiento de un nuevo contenido de vida social.

Para quienes nos consideramos leninistas, la carta de Kropotkin nos permite ahondar sobre la importancia, diferencia y sobre todo vigencia de Lenin para la revolución.

Una vez que hemos diferenciado los espacios, partido – masa, y ninguna suplantación de uno por el otro -ya que se caería en burocratismo o anarquismo- es menester considerar un punto importante para el leninismo: el Partido.

“El Partido –dice Lenin- es una parte de la clase obrera, su destacamento de vanguardia. No hay que confundir partido con toda la clase. El Partido se crea seleccionando a los mejores cuadros de la clase obrera y las masas; a los más conscientes, organizados, ilimitadamente fieles a la causa revolucionaria (…) “el Partido debe saber predicar a las masas la necesidad de la revolución, demostrar su necesidad, explicar su utilidad para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas”.

En esa dialéctica, organización dirigente con las masas y viceversa, el grado de avance de un proceso revolucionario no se mide necesariamente por el número de porciones que posee cierta persona para alimentarse o en el grado exclusivo de distribución de la riqueza, sino, en el grado de consciencia que han adquirido las masas por una buena relación y conducción de las organizaciones dirigentes para continuar profundizando los procesos de transformación.

Por ello, una de las auto-críticas más profundas que deben hacerse los procesos progresistas de América Latina, y que menos se han planteado, es justamente sobre el nivel de consciencia que se despertó en la población. De la misma manera una auto-crítica (mucho más fuerte) deben generar las organizaciones revolucionarias, en el sentido de su fortalecimiento interno como espacios vanguardistas de cuadros formados que nacidos e involucrados con las masas, logren conducir por el camino socialista a las grandes corrientes populares. Las organizaciones y más aún los movimientos que se encuentran en el poder deben entender que no pueden suplantar al pueblo que forja su propio destino.

“El Partido –decía Fidel Castro- tiene que procurar el máximo desarrollo de las organizaciones de masas, porque el partido no puede sustituir a la masa. Si el Partido se convirtiera en masa, deja de ser vanguardia, deja de ser Partido, deja de ser selección. Seríamos utopistas si creyéramos que todo el mundo tiene todas las condiciones. Todavía no. Tiene que llegar un día en que cada vez más los militantes sean una porción mayor de toda la masa. Pero el Partido tiene que ser una selección y no puede sustituir a la masa”.

Es por ese motivo, la necesidad de una reflexión franca y transparente sobre el rol del Partido Comunista, además de las distintas organizaciones revolucionarias que acompañan y deben dar contenido a los procesos progresistas.

La dialéctica de la historia nos conduce nuevamente a una necesaria y obligada profundización de la mística revolucionaria, a la conspiración, a la profesionalización, a la prensa y propaganda, a la formación de cuadros, a la agitación, a la insurgencia, a la acertada combinación de todas las formas de lucha y a los núcleos celulares comunistas en base al centralismo democrático.

Nuestro fortalecimiento pasa por la aplicación creadora del leninismo y la recuperación del rol histórico del Partido Comunista, como herramienta necesaria para la revolución socialista.

Somos marxistas – leninistas!

c. Juan Francisco Torres

Secretario Nacional de Organización

Partido Comunista Ecuatoriano

Quito, 23 de junio de 2016

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