Lecciones sobre el 6D venezolano

c. Juan Francisco Torres

Secretario Ideológico PCE

Después del 6D venezolano vale la pena dar algunas consideraciones con la cabeza fría y sin fanatismo o apasionamientos sobre lo sucedido.

  • Ni buenos ni malos: Los resultados del 6D no reflejan que han ganado los “malos” y han perdido los “buenos”. El triunfo lo saborea el sector que ha tenido la capacidad de generar tácticas y estrategias correctas para conseguir la victoria. Una victoria que no es espontanea ya que todos los actos,  hace algún tiempo atrás, desde la guerra económica, política, comunicacional e intervención imperialista han dado como resultado la mayoría del MUD en la Asamblea Nacional Venezolana. No ganaron los malos –no se puede moralizar subjetivamente el análisis político- sino los que mejor hicieron el trabajo.
  • No basta denunciar sino actuar: Conocido ha sido que Venezuela sufre ataques permanentes a su economía, hasta el cansancio se ha denunciado esta táctica de la derecha venezolana y el imperialismo, sin embargo, no basta solo con denunciar, es una característica del proceso de transición socialista poner en manos del gobierno revolucionario y de los trabajadores los medios de producción para garantizar su producción y distribución.
  • El imperativo histórico de desarrollar las fuerzas productivas: A más de la socialización de los medios y la producción existente, es necesario desarrollar aceleradamente las fuerzas productivas – campo y ciudad- que logren romper la subordinación a la economía rentista, comercial y al imperialismo; por ende, es tarea desplazar la direccionalidad política de la oligarquía por los sectores populares, democráticos y nacionales.
  • No confundir estado con partido, ni partido con revolución: Este es un tema poco tratado pero de gran importancia para los procesos progresistas de la región y el mundo. El partido que logra amplio apoyo popular y gane el poder estatal debe mantener su estructura y su función como partido altamente organizado, conspirador y revolucionario; no puede disolverse en la burocracia estatal. De la misma manera, el partido revolucionario no debe caer en la supremacía de pensar que por su organización transita la revolución. La revolución y la historia transitan por las grandes masas y mayorías populares. Por estas razones, no se puede “perder” cuadros militantes y “ganar” funcionarios públicos, así como, no tiene razón de ser un partido sin relación, organización y unidad con el pueblo.
  • No hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria: Los procesos revolucionarios no deben convertirse en “pragmatismo inconsistente” que pretendan “solucionar” de forma mecánica las necesidades del pueblo. La importancia de contar con una teoría y un método revolucionario garantizan, de cierta medida, que los objetivos prácticos se cumplan, no se puede olvidar todo aquel manantial de la filosofía de la praxis y su capacidad de criticarse a sí mismo y construirse continuamente. La política revolucionaria -como teoría y práctica- para la transformación debe sobreponerse al pragmatismo administrativo de re-distribución estatal de servicios.
  • Critica y autocritica con alta moral revolucionaria: El partido revolucionario debe conducir organizadamente a su militancia y al pueblo a generar espacios de crítica y autocrítica para que el poder estatal corrija y encamine la dirección revolucionaria del proceso, además de debatir su rol –partido/pueblo- en dicha direccionalidad. La alta moral del proceso revolucionario está en construir, corregir -por más duro que sea- con las grandes mayorías populares y no en dar explicaciones a la derecha ni al imperialismo sobre los movimientos generados. La fortaleza de la revolución debe encontrar sus cimientos en la transparencia y la verdad, por lo que, depurar de malos elementos y vicios el proceso será la mejor forma de consolidar el respaldo popular.
  • Ni calco ni copia, creación heroica: Venezuela y América Latina, en este momento post-Chávez, deben asumir la originalidad de continuar creando proceso revolucionario sin intentar copiar o repetir la victorias anteriores. Ser chavista no es imitar o santificar a Chávez sino en recuperar su método de transformación de la realidad. La trascendencia de Chávez no debe estar en el fanatismo sino en la aplicación objetiva e inteligente de generar política anti-imperialista. Intentar imitar las victorias de Chávez es paradójicamente no haber comprendido al Comandante en su originalidad y creación heroica.
  • Unidad, unidad, unidad: Así como Chávez nos heredó sus métodos tácticos y estratégicos, Bolívar heredó la necesidad de la unidad para asegurar el triunfo de la independencia. Convocar a la unidad más diversa pero que persiga los mismos fines de soberanía, independencia, desarrollo nacional, democracia; será la única forma de lograr la segunda y definitiva independencia.
  • Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños y de examinar con atención la vida real: Lenin resume dos elementos: el socialismo como deseo, anhelo o sueño que debe lograrse con creer y convencerse del socialismo. En que las grandes mayorías eleven su conciencia política para generar  poder popular  pero de la misma manera es un llamado a no perderse de la realidad, de las condiciones concretas y objetivas. Si únicamente y de forma retórica hablamos del sueño socialista, la realidad puede convertirse en una pesadilla.
  • El debate necesario de la “Dictadura del Proletariado”: Las batallas políticas deben ser analizadas en sus escenarios, las transformaciones revolucionarias deben ir de la mano con innovadas formas y espacios de nueva democracia que garanticen su radicalización hacia el poder popular. Retomar el debate de la dictadura del proletariado como democracia participativa y resolutiva de la mayoría popular es una necesidad impostergable.

Lo sucedido en Argentina con Macri, en Brasil con la persecución política a la presidenta Dilma Rousseff y la victoria de la oposición venezolana, nos recuerda las palabras del Che: “en el imperialismo no podemos confiar ni un tantito así, nada”.

El acto revolucionario no está en esperar la voluntad que la clase dominante deje el poder y sus privilegios, como cree la conciliación de clases del revisionismo, peor aún, en el actuar espontáneamente de forma violenta que daría como resultado un baño de sangre, como pretende el anarquismo pequeño burgués o el ultra-izquierdismo, el acto revolucionario está en análisis exhaustivo de las condiciones concretas y en las experiencias históricas para realizar las mejores tácticas que signifiquen grandes avances para la revolución y el menor sacrificio para el pueblo.

Quito, 07 de diciembre 2015

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