Eloy Alfaro: Legado de las guerrillas insurgentes

Obligación moral, es pues, el recuperar la vigencia del pensamiento y la práctica alfarista, su ejemplo que en estos día será enaltecido pero paradójicamente olvidado, suceso cuyo clímax transita entre 1895 y 1912, en medio de victorias y traiciones; es la época de los cambios más importantes protagonizados por las montoneras alfaristas, quizá la única revolución dada en nuestro país.

Una gesta heroica que fue también la causa de su inmolación -cómo calificaría Cesar Albornoz- se presenta en el Ecuador de finales de 1890 donde el comercio cacaotero de la famosa economía primario exportadora ecuatoriana se disolvía en medio del torbellino de mercado mundial, la expansión del capital se presentó en sus diversas formas, cuya acumulación se basó necesariamente en la exportación del producto prioritario, dinamizando el sector agroexportador, claramente definido en el mapa regional y geo- político del país.

Aquel sistema hacendatario, representó la consolidación de una oligarquía costeña y será la esencia de la conformación de la pequeña burguesía plutocrática, que en alianza perversa fracasó en su papel histórico de llevar a cabo un proceso del avance latifundista hacia una industrialización, además por su compadrazgo y relación directa con la burguesía internacional en su comercialización y como primer socio financiero.

La penetración de capital extranjero aumentó la dinámica de las fuerzas productivas, desarrollando un proceso importante en los diferentes sectores económicos. La crisis de Poder entre la relación de la economía con la política, potenció el desarrollo de una salida superadora de los grupos subordinados a esta modalidad de acumulación; el campesinado nativo de la costa, sumado al campesinado de la sierra, que se vio obligado a migrar a los centros de retención de capital como Guayaquil. Estos sectores se consolidarán en el sujeto revolucionario quien dará forma, en la práctica, a las ideas radicales del liberalismo modernizador; “en el agro costeño se desarrolló una economía mucho más dinámica que la de la Sierra, con características inéditas (…), como el pago de salarios, las inversiones de capital y la producción generalizada para el mercado. Y expandióse tanto el comercio exterior como el interno, lo que determinó a su vez, la conformación de un importante sector financiero”[1]

El 5 de junio de 1895, inició pues, la proclamación de Alfaro como Jefe Supremo, bajo la movilización popular, acompañado de esos “liberales de paso corto que se acomodaron en el poder y no estaban dispuestos a ir más allá de las reformas”, la lucha por la tierra era el objetivo común que en alianza entre campesinos y artesanos encaminaron la ruptura representada en el poder estatal.

A esto se debe añadir que ya antes del 5 de junio un gran número de pequeñas poblaciones de la costa se habían pronunciado a favor de Alfaro, como consta documentadamente en el libro de Elías Muñoz, La guerra civil ecuatoriana de 1895.[2]

En el contexto de la Revolución Alfarista, una mención especial merecen pues las combatientes revolucionarias como: la bolivarense Joaquina Galarza de Larrea, las coronelas manabitas como Filomena Chávez de Duque, o la esmeraldeña Delfina Torres de Concha con cuyo compañero de vida combatió por el alfarismo; las guayasenses Rosa Villafuerte de Castillo, Cruz Lucía Infante y Delia Montero Maridueña, integrantes de las montoneras de Los Chapulos, las conocidas Juanas de Arco.

El primer periodo del Gobierno de la Revolución Alfarista, buscó pues una conciliación y unidad nacional, realizando políticas nacionales e internacionales que bajen la tensión incluso con la misma Iglesia. Hechos concretos como la famosa carta de diciembre de 1895 dirigida al Papa León XIII, muestran la voluntad del Alfarismo por entablar las mejores y respetuosas relaciones: “durante el ejercicio del alto cargo con que he sido honrado y esperando justa y benéficas concesiones a favor de esta República, procuraré conservar la buena armonía que existe entre el Ecuador y el Vaticano” como hemos mencionado, estas muestras claras del espíritu democrático y tolerante del alfarismo y a pesar de ello hechos bochornosos de la Iglesia como la “rebelión” eclesiástica en Cuenca en 1896.

Sin embargo, y con la tensión de la aguda correlación de fuerzas, el pueblo ecuatoriano se vio inmediatamente reflejado con las políticas alfarista que inauguraban un nuevo periodo de construcción nacional; la Asamblea Constituyente de 1896 dio luces al laicismo, la libertad de conciencia y de culto; el quiebre epistemológico entre el dogma religioso y la libertad de pensamiento; la separación definitiva entre la Iglesia con el Estado. La Educación fue uno de los sectores más atendidos durante el alfarismo, sector que históricamente y durante el siglo XIX fue uno de los más olvidados por los gobiernos desde la creación republicana de nuestro país en 1830. Recién en la década de 1860, donde la figura de García Moreno dio mayor y primordial importancia a la atención educativa así como lo narra Alfredo Pareja Diezcanseco en su libro “Breve Historia del Ecuador” “…mejoró los métodos de enseñanza y trajo del exterior buenos maestros para diferentes niveles de educación si bien se le criticaba el haber sometido toda enseñanza a una tiranía confesional…”

Así la educación ecuatoriana, ha transitado desde sus inicios por el dogma religioso, que quizá en su momento fue necesario para desarrollar la educación en el país, pero al mismo tiempo ha demostrado ser también la encargada de subyugar y oprimir al pueblo. Como es de suponerse, el financiamiento educativo corría por cuenta del Estado, reflejando una vez más la intromisión religiosa en el desenvolvimiento político republicano. Pero será con la Revolución Alfarista, donde el laicismo se presentó en esencia pura al separar el dominio de la Iglesia enquistado en el aparato Estatal, igualmente se verá reflejado en la creación de institutos educativos laicos.

Eloy Alfaro se encargó personalmente de llevar a cabo el cambio del tipo de enseñanza educativa; es en el año de 1897 donde fundará uno de los primeros establecimientos de educación laica y mixta, incorporando además a la mujer en la vida pública; el Instituto Nacional Mejía en la ciudad de Quito, en el cual los ideólogos liberales veían en este establecimiento y en el laicismo: “la escuela de formación social donde se destaquen seres sociales críticos y libres”.

Pero será el mismo Eloy Alfaro quien sintetice el objetivo de la educación laica: “Formar jóvenes materialmente robustos, aptos para las fatigas cuando haya llegado el tiempo de salir por los fueros de la Patria: activos y audaces cuando algún tirano pretenda conculcar las leyes y pisotear los derechos del pueblo; y sobremanera, ciudadanos dignos de sostener y reivindicar las garantías sociales y las suyas propias. De aquí la necesidad de dilatar los horizontes en que deben funcionar los jóvenes, con una educación más extensa y sólida, más adecuadas a las condiciones de vida moderna, más en armonía con las exigencias del bienestar personal. Yo espero, señores, que este plantel hade producir, no muy tarde, los más ricos frutos, y abrigo la firme convicción de que los jóvenes ecuatorianos han de encontrar en este establecimiento un asilo provechoso”. (Eloy Alfaro sobre el Instituto Mejía)

Con la Constitución de 1906: “La carta Liberal al Pueblo” se da por resuelto la separación Iglesia-Estado. La religión y la Iglesia como institución, perdió su condición y persona jurídica de derecho público en el Estado. Se emitieron las leyes de Matrimonio Civil y Divorcio. Así mismo a inicios de 1900 se genera la Ley de Cultos, cuya función es la regulación de la Iglesia y las comunidades religiosas mediante el manejo y control estatal.

La lucha de la mujer ocupará un sitial importante, los alfaristas conocían la injusta situación de su desenvolvimiento y frente a esto generaron todas las viabilidades para resolverlo; Alfaro en el discurso de la Asamblea Constituyente del 2 de junio de 1897 se referirá sobre el tema: “Nada hay más doloroso como la situación de la mujer en nuestra patria, donde, relegada a los oficios domésticos, es limitadísima la esfera de su actitud intelectual y más estrecho aun el círculo donde pueda ganarse el sustento independiente y honradamente. Abrirle nuevos horizontes, hacerla partícipe en las manifestaciones del trabajo compatible con su sexo, llamarla a colaborar en los concursos de las ciencias y de las artes: ampliarle en una palabra su acción, mejorando su porvenir es asunto que no debemos olvidar… Pero como no es posible quedarse en el principio, corresponde a la Asamblea de 1897 perfeccionar la protección iniciada dictando leyes que emancipen a la mujer ecuatoriana de ese estrechísimo círculo en que vive”

Así mismo, el plan alfarista de unidad nacional se reflejó en la necesaria construcción vial a través del ferrocarril -obra iniciada por García Moreno- cuyo convenio se realiza en 1897 con el ingeniero estadounidense Archer Harman. Dicha inauguración del ferrocarril trasandino fue el 25 de julio de 1908. Para dicha inversión social (vial, educativa, etc) Alfaro personalmente se encargó de destinar los fondos fiscales a dichas inversiones; lo que condujo a un enfrentamiento y renegociación de la deuda externa.

Sin embargo, uno de los aspectos más importantes en el sector popular -a más del apoyo decidido a la lucha obrera y sindical- es sobre el problema de indígena, tal apreciación es narrada por Albornoz Peralta en su libro “Luces y Sombras del Liberalismo” donde describe que en el alfarismo

“El indio fue aliviado de algunas cargas como los diezmos, las primicias, los derechos parroquiales y el trabajo gratuito en las carreteras, la famosa contribución solidaria. Se le fijó un salario mínimo y se trató de frenar en algo los abusos del concertaje.”

Contando además con las heroicas luchas del Gatazo y Guamote donde ejércitos indígenas eran dirigidos por indígenas y de la talla del Gral. Alejo Sáes ó Manuel Guamán, conjugando con las Montoneras de la Costa al mando de Pedro J. Montero y Flavio Alfaro. Y serán los mismos indígenas que apoyaron e integraron las montoneras alfaristas que posteriormente en la década de los años 20, cuatro años después del “Bautizo de Sangre” darán nacimiento a la izquierda ecuatoriana con la fundación del Partido Comunista Ecuatoriano en 1926.

“Cuando el ejército alfarista llegó a la Sierra, baluarte principal del latifundismo, allí se le unió otro gran contingente de nuestras masas populares: el pueblo indio, la víctima más escarnecida por la explotación terrateniente. Diez mil indígenas del Chimborazo, comandados por Alejo Saes y Manuel Guarnan ─ascendidos a general y coronel de la República respectivamente─ se presentaron en Guamote, llevando en sus sombreros la roja cinta liberal, para ofrecer sus servicios al Viejo Luchador. La multitud gritaba enardecida: Ñucanchic libertad ta apamuy amu Alfaro, tucuyrunacuna, guañushun pay ladupi (Nuestra libertad tras Alfaro vamos a encontrarla y todos los runas debemos morir a su lado). Su ayuda fue decisiva. Un testigo de la época, el comandante Martínez Dávalos ─Los indios del Chimborazo en la transformación liberal de 1895─ dice, que “sin ellos no hubiera triunfado en Gatazo ni en ningún otro lugar de esa provincia”, es decir, que la marcha a Quito hubiera sido lenta y muy difícil. El general Alfaro, en el decreto que antes mencionamos, también reconoció los “relevantes servicios prestados a la causa de la libertad y de la raza”. Y luego, cumpliendo una promesa, mediante decreto del 18 de agosto de 1895, se exoneró a los indios de la contribución territorial y del trabajo subsidiario, terribles cargas que pesaban sobre sus espaldas”[3]

Parecería pues que el alfarismo se consolidaba y con ello el avance de la revolución; sin embargo en la primera década de siglo XX, el Partido Liberal se encuentró con dos fracciones antagónicas: por un lado el liberalismo radical que a su vez se subdivide entre los llamados monteristas y flavista; y por otro lado el liberalismo al que podemos llamar moderado siendo “el radicalismo machetero, para su gusto, había ido demasiado lejos y ellos no iban a correr el riesgo de que se afecte a sus sagrados intereses, especialmente la propiedad de la tierra, único camino para la redención de centenares de miles de campesinos e indígenas, parias en su propia patria . Por esos no ocultos temores, los grandes terratenientes y miembros de las nacientes Asociaciones Agrícolas de la Sierra y de la Costa.

A inicios de 1900 el placismo encaminó su estrategia; y para 1911, el liberalismo se encontró dividido entre los placistas y los alfaristas. El Banco Comercial Agrícola será epicentro de la conspiración, abarcó a periodistas, comerciantes, terratenientes y sobre todo “intelectuales” además de la Iglesia a la cual ya se le había expropiado y estatizando diferentes terrenos. El objetivo: la pugna política contra el radicalismo.

El segundo mandato de Alfaro hasta 1911, presentó importantes acontecimientos, que significaron la precipitación de su popularidad, sucesos como el fatídico 25 de abril de 1907 generando la severa ruptura con la “intelectualidad liberal” y universitaria, de la cual aprovecharon los sectores conspiradores y religiosos.

Distintos sucesos indicaban desde ya los brotes de la conspiración y aún más grave la confabulación hacia el exterminio total de lo que sea alfarismo radical, cuyo inicio del fatídico fin será el golpe de Estado del 11 de agosto de 1911, donde Freile Zaldumbide asume el mando presidencial. Con dicho acontecimiento, Freile Zaldumbide, nombra a Leonidas Plaza, General en Jefe del Ejército, cuya participación en este Gobierno Provisional, significó la subordinación del Ejecutivo al mando del Jefe del Ejército.

“El gobierno que regía el país ese momento era encarnación inequívoca del liberalismo de derecha vinculado al latifundismo. El presidente encargado Freile Zaldumbide era uno de los más ricos terratenientes, al igual que los ministros Carlos R. Tobar y Carlos Rendón Pérez, los dos primeros de la Sierra y el último de la Costa. Octavio Díaz, ministro de Gobierno, era un partidario abierto de la fusión liberal-conservadora. Y la espada del régimen, general Plaza Gutiérrez, era un rico latifundista de nuevo cuño, merced a un matrimonio de conveniencia.”[4]

Con el Golpe de Estado de 1911, se configuró en las calles la correlación de fuerzas en pro y contra del alfarismo radical, desde el Estado se garantizaba con Plaza el exterminio del radicalismo a nombre de la paz frente a los diversos levantamientos que se presentaron contra el golpe: Plaza con claras intenciones contra los Alfaro, manifestaba:

“Así, no ha de ser esta nueva traición a la patria la que de prestigio, ni en el Pueblo ni en el Ejército, a un hombre execrado y aborrecido (refiérese al General Eloy Alfaro). Será por el contrario, un poderoso estímulo para acabar de una vez para siempre, con todos estos elementos nocivos a la República. Tal vez la Justicia haya unido a Montero con Alfaro para ejercer sobre ellos sus inexorables vindicaciones”[5]

Los levantamientos, producto la “mediación” de Plaza; como juez y parte entre los sectores de conflicto, generó la activación de la “Comisión de Paz” integrada por Cónsules de Inglaterra, Estados Unidos, Argentina, además de C. Benjamín Rosales, E. Game y Durán Ballén, siendo Plaza quien utilice como plataforma política los tratados de paz.

Como en un guion elaborado para ser trasladado al cine se les ve a todos ellos, cual bestias sedientas de sangre, entretejiendo la intriga, violando las más elementales leyes de todos los códigos humanos, desconociendo las Capitulaciones de Durán, avaladas con las firmas de los cónsules de Estados Unidos y Gran Bretaña como testigos de honor. Todo aquello puesto de manifiesto en el asesinato del 25 de enero en Guayaquil, el del general Pedro Montero y la infamante humillación de sus restos mortales convertidos en despojos, preludiando así, como en repaso anticipado, lo que sería el domingo rojo que hordas similares ejecutarían tres días después en la ciudad de Quito, con el ilegal traslado de los prisioneros.

A pesar de este tratado se instauró un Consejo de Guerra, preparando la ofensiva final, traicionando el proceso de conciliación entre las partes además el incumplimiento de los tratados de los embajadores y delegados internacionales.

La “Hoguera Bárbara” iniciará el 25 de enero con el asesinato de Pedro Montero, el Tigre de Bulubulu, cobarde asesinato embarrado en la impunidad, cómplice de un grupo desoldados del vergonzosamente recordado Batallón Marañon, bajo la misma justificación: la efervescencia popular, la colectividad de la responsabilidad del asesinato.

La turba de soldados disfrazados pedía a gritos, desde muy temprano, la cabeza del procesado; y el General Navarro hubo de contestar a ese pueblo sui generis que exigía la palabra oficial. Levantó la voz el interpelado General y; a vueltas de algunas tartamudeadas vulgaridades, ofreció, llana y sencillamente, que ‘Pedro Montero no vería la aurora del siguiente día.[6]

Para el 28 de enero de 1912, Eloy Alfaro, Flavio Alfaro, Medardo Alfaro, Ulpiano Páez, Luciano Coral y Manuel Serrano serán trasladados al panóptico en la ciudad capital, posteriormente a un viaje en uno de sus mismos logros revolucionario: el ferrocarril transandino. El camino hasta el Penal transitó en medio de los más peyorativos y despectivos epítetos, al llegar al que sería su último destino, donde el capitán Alejandro Sierra, jefe del “Batallón Marañón” inmortalizará cual Pilatos estas frases: “He cumplido con mi deber. Los he entregado en el Panóptico, vivos. ¡Pueblo: ahora os toca cumplir con vuestro deber!”

Aquel fatídico 28 de enero cuyo desenlace es por todos conocido, el placismo terminó con la vida de los más grandes y consecuentes revolucionarios, pese a ello la historia oficial ha pretendido culpar al pueblo sobre la participación en hoguera bárbara, “la reacción ha querido culpar al pueblo de los sangrientos acontecimientos para salvar su responsabilidad, tesis a veces acogida por escritores que no son de derecha, sin darse cuenta que esa postura ayuda a lavar las culpas de los verdaderos responsables. Nada más falsa que esta astuta afirmación, no respaldada con ninguna prueba. “El pueblo, ni masa alguna participó en el crimen, fue un puñado de fanáticos, reaccionarios y asalariados”, afirma con toda razón Elías Muñoz Vicuña en su documentado libro Los generales no corren.

 Es interesante constatar que en Quito, el mayor de los bancos, el Banco del Pichincha -el banco del clero y de los grandes terratenientes- estaba en el mismo lado, ya que sus principales dirigentes y accionistas suscribieron también esos comunicados. Unos pocos nombres: Alberto Bustamante, Rafael Vásconez Gómez, Miguel Páez, Manuel Stacey, Antonio Sierra y César Mantilla, director del diario El Comercio, periódico anti-alfarista a rabiar.

 También la prensa de Quito, al igual que la de Guayaquil, era furiosamente anti-alfarista. En forma criminal y desvergonzada incitó abiertamente el asesinato de los prisioneros[7]

 Aquel 28 de enero, día oscuro en la historia nacional, retomamos nuevamente el juicio popular y sentenciamos con desprecio a los verdaderos asesinos de los Alfaro.

[1] Cueva, Agustín El proceso de dominación política en el Ecuador, Editorial Planeta, 1990

[2] Albornoz, Oswaldo Ecuador: Luces y sombras del Liberalismo, Editorial El Duende, Quito, 1989

[3] Albornoz, Oswaldo Ecuador: Luces y sombras del Liberalismo, Editorial El Duende, Quito, 1989

[4] http://kaosenlared.net/america-latina/item/45137-los-responsables-de-la-muerte-de-eloyalfaro.html?tmpl=component&print=1

[5] Peralta, José. Alfaro y sus victimarios.

[6] Peralta, José. Alfaro y sus victimarios

[7] Albornoz, Oswaldo Ecuador: Luces y sombras del Liberalismo, Editorial El Duende, Quito, 1989

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