La cuestión del Sáhara Occidental constituye uno de los conflictos coloniales no resueltos más prolongados de nuestro tiempo y una de las expresiones más claras de la vigencia del imperialismo en el siglo XXI. Para comprender la lucha del pueblo saharaui y del Frente Polisario no basta una lectura humanitaria o diplomática: es imprescindible un análisis histórico y político desde una perspectiva marxista y anticolonial, que identifique las relaciones de dominación, los intereses de clase y las responsabilidades del sistema capitalista internacional.
El Sáhara Occidental fue colonizado por España a finales del siglo XIX, en el marco del reparto imperialista de África. Durante décadas, la metrópoli explotó el territorio sin desarrollar estructuras políticas propias ni garantizar derechos a la población saharaui. Como en otros contextos coloniales, el colonialismo español se sostuvo sobre la negación del derecho de autodeterminación y la subordinación económica del territorio a los intereses de la metrópoli.
En los años sesenta y setenta, en un contexto global marcado por las luchas de liberación nacional en África, Asia y América Latina, el pueblo saharaui comenzó a organizarse políticamente. En 1973 se fundó el Frente Popular para la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (Frente Polisario), como organización revolucionaria que articuló la lucha armada, política y social por la independencia. Inspirado en los procesos anticoloniales y en el internacionalismo revolucionario, el Polisario asumió que la liberación nacional era una condición indispensable para cualquier proceso de emancipación social.
El punto de inflexión llegó en 1975, cuando España, en plena crisis del franquismo, firmó los Acuerdos de Madrid, abandonando el territorio sin consultar a la población saharaui y entregándolo de facto a Marruecos y Mauritania. Este acto constituye una traición histórica y una violación flagrante del derecho internacional. Desde una perspectiva marxista, se trató de una típica operación de las potencias coloniales en retirada: transferir el control territorial a regímenes aliados para preservar intereses estratégicos y económicos.
La posterior ocupación marroquí del Sáhara Occidental dio inicio a una guerra abierta con el Frente Polisario. Marruecos, respaldado política, militar y diplomáticamente por potencias imperialistas como Estados Unidos y Francia, desplegó una estrategia de ocupación basada en la represión, el desplazamiento forzado y la construcción del llamado “muro de la vergüenza”, que divide el territorio y protege los intereses extractivos del ocupante. Fosfatos, pesca y posición geoestratégica explican el silencio cómplice de la comunidad internacional.
En 1991, tras años de guerra, se firmó un alto el fuego bajo auspicio de la ONU, con el compromiso de realizar un referéndum de autodeterminación. Más de tres décadas después, dicho referéndum nunca se ha celebrado. La MINURSO, misión de la ONU en el territorio, se ha convertido en un instrumento de congelamiento del conflicto, incapaz —y muchas veces no dispuesta— a garantizar siquiera la supervisión de los derechos humanos. Esta parálisis no es casual: responde a la correlación de fuerzas internacionales y al peso de los intereses imperialistas en la región.
Desde una lectura marxista, el caso del Sáhara Occidental demuestra cómo el derecho internacional burgués se subordina a los intereses del capital y de los Estados dominantes. La autodeterminación de los pueblos se reconoce solo cuando no afecta a los grandes intereses económicos o estratégicos. Cuando los afecta, como en el caso saharaui, se posterga indefinidamente.
A pesar de ello, el pueblo saharaui no ha renunciado a su lucha. El Frente Polisario no es solo un movimiento armado, sino una organización político-social que ha construido, en condiciones extremadamente adversas, una experiencia de resistencia colectiva en los campamentos de refugiados en Tinduf. Allí se desarrollan formas de organización social, educación, participación de las mujeres y vida comunitaria que desmienten la narrativa colonial que presenta al pueblo saharaui como pasivo o dependiente.
La lucha saharaui es, en esencia, una lucha anticolonial y antiimperialista. No se trata únicamente de una bandera o de un territorio, sino del derecho de un pueblo a decidir su propio destino frente a la rapiña del capital transnacional y la violencia de los Estados ocupantes. Como señalaba Lenin, “no puede haber socialismo sin la liberación de las naciones oprimidas”; y el Sáhara Occidental es hoy una nación oprimida por el imperialismo contemporáneo.
Para las fuerzas revolucionarias y comunistas, la solidaridad con el pueblo saharaui no es un gesto humanitario, sino una posición política. Apoyar al Frente Polisario significa rechazar la lógica colonial, denunciar la complicidad de las potencias occidentales y reafirmar el internacionalismo proletario. La liberación del Sáhara Occidental forma parte de la lucha global contra el imperialismo, del mismo modo que Palestina, Cuba o los pueblos indígenas de Nuestra América.
En un mundo atravesado por la crisis del capitalismo y el recrudecimiento de las guerras de rapiña, la causa saharaui nos recuerda que el colonialismo no es un residuo del pasado, sino una estructura viva. La tarea de la militancia revolucionaria es estudiar estas luchas, tomar partido y comprender que la emancipación de los pueblos oprimidos es inseparable de la lucha por la transformación socialista del mundo.





