c. Vladimir Albornoz
Comisión Nacional Ideológica PCE
Las noticias que llegan de Siria espeluznan: hasta septiembre de 2015, el número de víctimas mortales ya supera las 250.000. La guerra también ha causado una grave crisis humanitaria. El número de personas que necesitan ayuda alcanza las 12,2 millones y 4,1 millones han abandonado el país. Otros 7,6 millones de habitantes son desplazados internos por la violencia, de acuerdo con los datos de las Naciones Unidas. Para medir el tamaño de la catástrofe, es bueno saber que la población de Siria en 2008 era de 19.747.586 habitantes. La ONU, en cambio, calla que la economía de Siria está destruida y llevará décadas reconstruirla.
Los fríos datos, para abundar, nada dicen de las atrocidades que han cometido los terroristas en contra de la población civil y de los militares presos: torturas inenarrables, mutilaciones, violaciones, en resumen, crímenes de lesa humanidad solo comparables con los practicados por las hordas hitlerianas y los japoneses en la segunda guerra mundial.
Siria es el único país árabe laico donde convivían personas de diferentes orígenes nacionales, que profesan distintas creencias, donde la mujer, bajo el gobierno del Partido Baas, logró avanzar en sus derechos mucho más que en casi todos los países de la región.
En Siria, país autodeclarado socialista en 1970, pese a la guerra, se trabaja para mejorar las condiciones laborales y de vida de los trabajadores brindándoles seguros de salud y otros servicios, así como elevando las asignaciones para educación, cuidados médicos y otras garantías.
Uno de los factores internos que favorecieron la guerra iniciada en 2011, fue la grave sequía que se extendió entre 2006 y 2010. La temperatura media anual en el país aumentó en 1,2 grados centígrados desde el 1990 y la temporada de lluvias disminuyó en un 10%. Todo esto obligó a 1,5 millones de personas de las zonas rurales a abandonar sus hogares y trasladarse a las ciudades superpobladas. Más de 800.000 granjas fueron abandonadas y los precios de los cereales aumentaron en un 27%. La caída de la calidad de vida dio lugar a disturbios sociales que, a su vez, se convirtieron en caldo de cultivo del descontento que aprovecharían los desestabilizadores. La agricultura aportaba un 40% al PIB nacional y acogía al 30% de la mano de obra.
Sin embargo la fuente principal de los enfrentamientos responde a causas exógenas: desde la caída del sistema socialista encabezado por la Unión Soviética, EEUU se propuso gobernar el planeta según los apetitos de los grandes monopolios transnacionales. Desde entonces el mundo entero está bajo una fuerte presión militar ejercida por EEUU. Ni un país está libre de sus conspiraciones.
Y, numerosos países islamitas que tenían gobiernos indóciles al mandato de Washington fueron víctimas de un inmisericorde ataque. Para doblegarlos, se propició una serie de maniobras diplomáticas, cuando no guerras abiertas. Así empezó el bloqueo contra Irán, la destrucción de Afganistán, Iraq, Libia y Siria con un trágico reguero de sangre.
Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán, son los siete países nombrados por el general estadounidense retirado Wesley Clark en una entrevista de Democracy Now de 2007, como los nuevos ‘estados forajidos’ que serían objeto de ataque luego del 11 de septiembre de 2001. Dijo que alrededor de diez días después del 9-11, un general le comentó que la decisión de declararle la guerra a Irak había sido tomada. Más tarde, el mismo general le dijo que habían planeado capturar siete países en cinco años: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán. Dato que ha sido confirmado en repetidas ocasiones por el periodista venezolano Walter Martínez en su programa Dossier al asegurar que declaración similar la recibió del general “de cinco estrellas” Wesley Clark.
Concretamente, en la crisis en Siria no se puede pasar por alto que forma parte de la región de Oriente Medio, que, a su vez, no es solo una de las más importantes desde el punto de vista petrolero o geopolítico, sino también una de las más indóciles a soportar el dominio del imperialismo globalizado.
En consecuencia, una conjunción de apetitos desaforados de la banca especuladora mundial y de los dinosaurios del petróleo, es la que determinó de antemano el holocausto del pueblo sirio por parte del capital monopolista de Estado que desde EEUU quiere decidir la suerte del planeta.
Es que el imperialismo es violencia descarnada. De Libia a Venezuela pasando por Siria y México, Ucrania, Afganistán o Irak. En fin, en lo que va de la última década, el despliegue planetario permanente de la guerra directa o indirecta (tercerizada) de EEUU y sus socios-vasallos de la OTAN ha convertido a toda la periferia en su objetivo militar. La ola agresiva no se aquieta, la experiencia nos indica que el Imperialismo negocia, presiona y agrede con el fin de lograr mejores condiciones de expoliación para sus empresas monopólicas.
Detrás de las fuerzas heterogéneas que combaten al gobierno de Damasco –incluyendo al Estado Islámico- están EEUU, Gran Bretaña, Francia, la OTAN, Arabia Saudita, Israel, Turquía y Qatar y más escondida, Alemania. A esa entente se suman otros estados vasallos de EEUU.
Para aplastar a la heroica Siria, que no se doblega y resiste tantas y tan continuas acometidas se ha usado de todo: la creación del “Emirato Islámico de Iraq y Levante”, ISIS o Daesh, con el pretexto de “combatir el terrorismo”, por servicios secretos: la CIA (EEUU), el Mossad (Israel) y el MI6 (Reino Unido), junto con los bombardeos de EEUU que destruyen las infraestructuras de Siria (refinerías de petróleo, puentes, carreteras, presas). El actual líder del EI es el mercenario del ejército estadounidense Awwad Ibrahim Ali al-Badri al-Samarrei, de origen iraquí. De cara a los medios de comunicación, los agresores tratan de engañar al mundo bautizando con nuevos nombres a las organizaciones terroristas de los llamados “talibanes”: Al Qaeda, el Frente Al-Nusra, Boko-Haram, Al Shabab, etc.
Cada una creada en función de los intereses del momento. Pero hipócritamente, EEUU que alimenta al ISIS en compañía de Arabia Saudí pide ayuda para combatirlo. Se ha hecho corriente el reconocer que los yihadistas que operan en Siria reciben armamento y financiamiento de potencias extranjeras. Pero ningún Estado reconoce públicamente su propia implicación en ese respaldo.
EEUU, Francia y Reino Unido pusieron en marcha ese club llamado “Amigos de Siria” dedicado a la injerencia en ese país y al apoyo de las bandas armadas, pero poco sirvió a sus fines. Crearon un denominado “Observatorio Sirio de Derechos Humanos”, que en realidad es un individuo llamado Rami Abdel Rahman, perteneciente a los Hermanos Musulmanes, que vive en Londres e inventa muertos “del régimen”, al que nadie toma en serio.
Enviaron dos misiones de observadores internacionales, que no pudieron constatar nada en contra del gobierno sirio. Acusaron al propio Bashar al Assad de emplear gas sarín contra su población y la Comisión de investigación de la ONU sobre Siria, presidida por Carla del Ponte, confirmó que eran los rebeldes sirios quienes utilizaron ese gas, y no el gobierno. Convocaron varias veces al Consejo de Seguridad de la ONU y a la Asamblea General en sus intentos de que condenaran a Siria y autorizaran una operación similar a la de Libia, pero sin éxito, como tampoco lo tuvieron las conferencias de Ginebra.
A partir de 2011, EEUU, Turquía, Arabia Saudita e Israel pusieron en marcha una operación cuyo propósito era destruir el régimen de Bashar el Asad en Siria para derrocar al único y vital aliado de Irán en la región, objetivo de principal de Arabia Saudita. Romper las vías de suministro de armas a Hezbolá y, por tanto, de liquidarla, objetivo principal de Israel. Sacar a Rusia de juego en Oriente Próximo, objetivo mayor de EEUU. Imponer un régimen títere, objetivo de Turquía. Para conseguir esos propósitos, Arabia Saudita, EEUU y Turquía crearon, entrenaron y armaron al Ejército Libre Sirio (según el modelo de la contra antisandinista en Nicaragua, en los años 80) y, luego, al Estado Islámico, mientras Israel sostenía a Al Nusra, la rama de Al Qaeda en Siria, que opera desde los ocupados territorios del Golán sirio.
Eliminar al régimen sirio perseguía también cerrar a Irán e Iraq su sueño de sacar petróleo y gas al Mediterráneo a través de territorio sirio. Fue desmontado ya el proyecto del gasoducto South Pars (el campo iraní de gas más grande del mundo) que en sus 6.000 kilómetros iba a unir el Golfo Pérsico con el Mediterráneo pasando por Irak, Siria, y Líbano. Esa obra fundamental siempre fue mal vista por Qatar, Arabia Saudí, Turquía e Israel.
Claro que en Siria, la agresión, vienen fracasando estrepitosamente desde hace más de cuatro años, pese a las distintas estrategias emprendidas. Sancionaron a Siria con un bloqueo económico y comercial que no sirvió de mucho, invadieron con miles de mercenarios, entrenados, armados y financiados por los países de la OTAN y sus socios del Golfo Pérsico, que se dedican a cometer asesinatos, voladuras de autobuses, de infraestructuras, matanzas de colegiales. Pero el gobierno se mantuvo firme.
El contrapeso lo compone el antiguo ‘eje del mal’: Rusia, Irán, Iraq, Siria y los kurdos, además de China, que actúa, pero desde una discreción máxima. De manera que, en los campos de Siria se decide ahora si el mundo es “unipolar”, dominado por EEUU o es multipolar y se respeta el derecho de los pueblos a la autodeterminación.
“La operación de Rusia en Siria es un ejemplo de colaboración eficaz en la lucha contra el terrorismo”, manifestó el ante la Asamblea General de la ONU el ministro de Relaciones Exteriores sirio, Walid Muallem, quien agregó que “las operaciones aéreas realizadas previamente por la coalición occidental solo sirvieron para propagar el terrorismo en la región”.
Por su parte, Vladímir Putin comunicó a su homólogo francés, François Hollande, durante una reunión en París que:
“El objetivo del apoyo [ruso] a la ofensiva del Ejército sirio también es preservar la integridad territorial de Rusia” y vaya que está teniendo un éxito sorprendente. Putin también dijo que Rusia está dispuesta a coordinar la información y a seguir buscando una solución al conflicto sirio en colaboración con todas las partes interesadas. Además subrayó que la operación se desarrolla de acuerdo con los fundamentos del Derecho internacional y a instancia de las autoridades sirias, cosa que nunca hizo EEUU y su cohorte.
Además, con el objetivo de coordinar la lucha conjunta contra el EI, Rusia, Irán, Irak y Siria crearon un centro de información en Bagdad. Sus principales funciones son recopilar, procesar, resumir y analizar los datos sobre la lucha contra los terroristas en Oriente Medio.
En resumen, Rusia plantea el paso de un sistema imperialista, a un nuevo sistema basado en el derecho internacional en general y, en particular, en la Carta de la ONU. De entrada, Rusia condena:
«La injerencia en los asuntos internos de los Estados soberanos, el uso de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad y la entrega de armas a actores no estatales extremistas».



