Hace 100 años, la Revolución de Octubre dio inicio a una nueva era en Rusia. Los bolcheviques habían derrocado brutalmente al régimen, colocando así la piedra fundamental para lo que posteriormente fue la Unión Soviética. Era una época de cambios políticos, sociales y económicos radicales. Cien años después, en la cultura rusa moderna aún hay numerosos testimonios del legado de esa época, marcada por una euforia creativa en lo que al arte se refiere.
Cuando los bolcheviques tomaron el poder, los artistas consagrados no les brindaron su apoyo; la atmósfera social estaba impregnada por el entusiasmo en la experimentación. Es así que quienes se entusiasmaron con el Octubre rojo fueron los hombres y mujeres de las vanguardias.
Las nuevas agrupaciones literarias calificadas como futuristas junto con los representantes de los movimientos supremacista y constructivista. Entre quienes adhirieron al nuevo régimen estuvieron el poeta Alexander Blok, el director de teatro Vsevolod Meyerhold, el escritor Vladimir Maiakovski, los pintores y escultores Kazimir Malevich, Vladimir Tatlin y Wassily Kandinsky.
Los artistas rusos pretendían destruir el concepto de arte como medio exclusivo de unos pocos. Se concentraron en que la alta cultura llegara a un amplio público para democratizar el arte. En el marco de la industrialización y la colectivización del país, ganó espacio el concepto de “revolución cultural”. Los artistas se movilizaron en pos de la liquidación de las tradiciones y costumbres vigentes y la creación de una sociedad completamente nueva.





