América, según Donald Trump, no es un continente compuesto por múltiples países soberanos, sino un territorio donde el único Estado con plena soberanía son los Estados Unidos, mientras el resto de naciones apenas constituyen parcelas proveedoras de recursos, mercados y mano de obra. Esta visión no es nueva: es, en esencia, la vieja doctrina proclamada en el siglo XIX como “América para los americanos”, conocida como la Doctrina Monroe.
Trump ha insistido reiteradamente en la necesidad de repatriar capitales hacia territorio estadounidense y, con ellos, recuperar los puestos de trabajo que la llamada “globalización” había desplazado hacia otros países. Recordemos que Vladimir I. Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo, caracterizó el imperialismo precisamente como una etapa del capitalismo marcada por la exportación de capitales, fenómeno que permite a las potencias ampliar su dominio económico más allá de sus fronteras. Sin embargo, esta exportación siempre se concibió como un mecanismo destinado a fortalecer a las grandes empresas y a la nación imperialista que las respalda. Durante décadas, ese modelo funcionó bien mientras el capital exportado mantenía el control no solo de la producción, sino también del conocimiento científico y tecnológico que la sustentaba. Ese control aseguraba una dependencia estructural entre las economías periféricas y los centros del capitalismo mundial, pero, cuando la exportación de capital comenzó a realizarse sin el control pleno del conocimiento —cuando las capacidades tecnológicas comenzaron a difundirse y a desarrollarse también en otros países— la situación empezó a cambiar.
Los propios monopolios del capitalismo global terminaron creando las condiciones para que otras naciones utilizaran las mismas reglas del mercado —esa famosa “mano invisible”— para competir con ellos, en particular el Partido Comunista de China lo proclamó como estrategia y lo ha venido ejecutando en el desarrollo de su país con los resultados que ya conocemos.
Esta cuestión ha puesto en vilo la estabilidad política y económica del imperialismo contemporáneo. Donald Trump percibió este cambio y, por ello, planteó la necesidad de repatriar capitales, conocimiento y tecnología, generar empleo interno y concentrar el aporte de las economías privadas dentro de la nación imperialista. El objetivo no es otro que garantizar el control del sistema económico mundial y asegurar el financiamiento permanente de la maquinaria militar, pilar fundamental de la hegemonía estadounidense.
No se trata, por tanto, de un imperialismo más moderado o menos agresivo. Por el contrario, estamos frente a un momento en el que el imperialismo reacciona ante la amenaza de perder el reparto del mundo que durante décadas dio por garantizado. El avance de otras economías, que debilitan su influencia, rompen relaciones de dependencia y generan procesos de desarrollo alternativo, obliga a la potencia imperialista a reforzar su carácter parasitario y para ello busca asegurar la alineación total de sus “colonias” o países subordinados. Para lograrlo utiliza diversas herramientas: en algunos casos la diplomacia y los acuerdos políticos; en otros, directamente la guerra, las sanciones o la intervención militar.
Hoy el imperialismo se enfrenta a una forma del mercado capitalista que pone en riesgo su dominio histórico. Esto ocurre por el desarrollo de nuevas potencias económicas que no solo disputan los mercados financieros y de mercancías, sino que además lideran procesos de innovación tecnológica y ofrecen servicios competitivos a escala global. Esta situación obliga a las potencias imperialistas a realizar inversiones reales —es decir, gastos productivos sobre todo en la innovación— para poder mantenerse en mercados que durante décadas dominaron sin competencia.
Si el mercado de capitales ya está altamente disputado, el comercio de mercancías lo está aún más. La adaptación comercial de potencias como China y el crecimiento de sus empresas han desplazado a monopolios tradicionales aliados de Estados Unidos y otras potencias occidentales.
Esto no es una construcción ideológica, sino una realidad objetiva de la economía mundial. Entre 2005 y 2014, el Producto Interno Bruto de China creció más de un 350%, mientras que el de Estados Unidos apenas alcanzó un 34%. Posteriormente, entre 2015 y 2024, China creció aproximadamente un 70%, mientras que Estados Unidos lo hizo en torno al 58%.
A esta realidad se suma el hecho de que Estados Unidos ha experimentado una especie de desaceleración relativa en su capacidad de exportar capitales y mercancías en áreas comunes, su crecimiento ha estado sostenido por la industria de la guerra. Esto evidencia que Estados Unidos ha entrado en una disputa real por el liderazgo tecnológico global y se evidencian los reales intereses sobre la guerra, en definitiva manejo de recursos y golpear mercados para debilitar a sus adversarios.
EEUU que durante décadas no tuvo rivales significativos, hoy, en varios campos estratégicos, ha sido desplazado del primer lugar. Este proceso se refleja también en tensiones internas, creciente desigualdad social y un clima de descontento político, tanto dentro de su territorio como en la percepción internacional de su política exterior. Muestra de ello son las movilizaciones contra la guerra, las exigencias de organizaciones sobre las prestaciones sociales y sobre todo, la actitud de políticos estadounidenses en frontal oposición a las políticas de Trump.
En este contexto, el imperialismo estadounidense refuerza su carácter parasitario y requiere consolidar zonas de dominio exclusivo. Con total desparpajo convoca a esta famosa Cumbre “escudo de américa” para conformar una coalición militar según el contra “carteles” o “terroristas”, a los que acusa de permitir la cooperación con otras naciones a las que considera adversarias y peligrosas. Con ese argumento justificó la intervención en Venezuela a quien ahora si dice reconocer a su gobierno pues considera están trabajando muy articuladamente, claro, mientras Caracas no le venda y le compre a China o Rusia. A los EEUU no le importa lo que pase de verdad en el país. (Esto ultimo requiere un análisis particular que no abordaremos en este artículo.)
Algo a destacar es que estas convocatorias no se realizan a cualquier gobierno. Se dirigen principalmente a los presidentes a quienes Trump reconoce haber respaldado para llegar al poder. El propio Trump llegó a expresar públicamente su satisfacción por tener el “poder de respaldar candidatos presidenciales en países extranjeros”, dejando en evidencia el carácter subordinado de esos gobiernos y su abierta injerencia en asuntos internos de otras naciones.
Esta lógica también se manifiesta en las amenazas dirigidas contra países que no se alinean plenamente. A México, por ejemplo, se le atribuye la responsabilidad de todos los carteles del narcotráfico, mientras se insinúa la posibilidad de actuar unilateralmente contra ellos incluso sin la voluntad del gobierno mexicano. En el caso de Cuba, Trump ha presumido abiertamente el efecto hambreador del bloqueo económico y las restricciones al suministro de petróleo y combustibles hacia la isla, afirmando que él “se ocupará” de Cuba. Y, en medio de todo esto, Trump deja claro que no está dispuesto a “perder el tiempo” aprendiendo nuestro “maldito idioma”, reafirmando así la lógica colonial que subyace en su visión del continente.
Todo lo anterior es parte de una retórica que se sustenta en un estado de opinión para lo cual el imperialismo maneja a su antojo la información que circula en las redes digitales y programa los algoritmos para someter a las masas a su única versión.
En este marco, la llamada Cumbre del “Escudo de las Américas” representa un intento del imperialismo de recomponer sus fuerzas y reafirmar su hegemonía. Su carácter decadente no significa que haya perdido completamente su poder, sino que sus capacidades están disminuidas y cuestionadas en múltiples campos. Precisamente por ello este es un momento crucial para la humanidad. Cada lucha nacional por la soberanía se convierte en una causa antiimperialista, porque la independencia de los pueblos debilita el dominio de las potencias. Cada acto de solidaridad internacional es parte de esa batalla histórica, y cada acción política o económica que limite el avance de la maquinaria militar imperial constituye una victoria para quienes luchamos por un orden mundial distinto.
Lo ocurrido confirma para nosotros la vigencia de la tesis de la liberación nacional como consigna y tarea urgente para el campo popular. La recuperación de la soberanía es un paso fundamental para cualquier proyecto de transformación política y económica.
Mientras vamos fraguando esa capacidad, los ecuatorianos debemos impedir el boicot del gobierno al sistema constitucional. Debemos trasladar la lucha al terreno reivindicativo y a la batalla ideológica para exigir el cumplimiento de lo que ya fue conquistado políticamente y grabado en la constitución del 2008.
Si el gobierno no está dispuesto a cumplir el mandato constitucional, entonces debe apartarse por el mecanismo que sea, debe irse, y corresponde al pueblo ayudar a que ese paso al costado se concrete, sin caer en el espontaneísmo de los mismos mecanismos institucionales, pero sin descartarlos, pero lo mas importante es desatar la crisis política de la burguesía y consolidar al pueblo la necesidad de ejercer su derecho a la protesta. Todo esto en unidad táctica revolucionaria.
c. Manuel Paredes Martínez
Secretario general
Partido Comunista Ecuatoriano.





