El 2015 se ha pronosticado como un año económicamente difícil. Así lo ha anticipado el Gobierno y varios analistas económicos pues la caída del precio internacional del crudo afecta directamente a la liquidez del Estado Ecuatoriano.
Medidas como la sustitución de importaciones y la imposición de sobre aranceles a los productos provenientes de Colombia y Perú, tienen el objeto de garantizar el consumo de productos locales y así evitar la salida de capitales. A estas acciones se suma la reforma al presupuesto del Estado, que disminuye algunos proyectos de inversión que, aunque según han dicho, sigue garantizando los recursos para proyectos iniciados y para cubrir los temas esenciales de la inversión social, significa una desaceleración de la inversión pública.
Todas las medida planteadas por el Gobierno son medidas que, en cualquier economía dependiente del mercado, en la que el Estado juega un rol regulador, buscan adecuadamente mantener a flote el mismo sistema de producción; en este caso el modelo de producción capitalista.
El Estado ecuatoriano ha jugado en los últimos años un rol de “mayor dinamizador” de la economía nacional y para ello se ha provisto de recursos, mediante el mejorado sistema de recaudación fiscal, por un lado; y por otro, manejando políticas soberanas sobre los recursos naturales. Con ese dinero el Estado ha construido mucho, ha hecho mucha obra: carreteros, escuelas, hospitales, colegios, etc. El problema de esto es que al fin el círculo se cierra con la acumulación del capital en grupos económicos ya ricos, que con la Revolución Ciudadana se han enriquecido más. Este juego del Estado, necesario para una economía tan devastada como la ecuatoriana, ya debe llegar a su fin y es necesario que el Gobierno se atreva a dar un salto mucho más profundo en cuanto al rol del Estado: en esa economía y el tipo de impulso que necesita la economía nacional, modificando de a poco el modelo de producción y acumulación.
Mientras la economía social y solidaria sea un mito para los grandes contratos; que las obras de infraestructura del Estado sigan llenado los bolsillos de unos pocos grandes empresarios; y mientras se mantenga el sistema de acumulación capitalista, entonces acá no habrá revolución.
El importante proceso ecuatoriano ya ha cubierto las grandes demandas sociales en relación a servicios, podríamos decir que hay algo más de equidad en relación a lo que recauda el Estado, pero frente a la producción, las utilidades y las grandes riquezas que acumulan los capitalistas, los niveles de explotación siguen siendo los mismos, mucho más cuando apenas se ha incrementado, para este año, el salario básico alrededor del 4%, significando 14 dólares más por trabajador.
Las utilidades de las grandes empresas no han disminuido, no existe una verdadera reforma laboral en curso y aunque existen muchos avances, la contradicción del capital vs trabajo se mantiene latente, aunque se pretenda dar “paliativos” que no necesariamente se corresponden a un gobierno socialista.
El salario básico unificado debe aplicarse a pequeñas y medianas empresas donde la plusvalía no genera ingentes cantidades de utilidades; pero esas grandes empresas que disfrutan de millones de dólares de utilidades deberían, a más del salario de la dignidad, garantizar mayor participación de las utilidades, no solo para los trabajadores, sino también para el Estado y de esa manera tener una mayor distribución mediante los servicios públicos.
A 8 años de la revolución ciudadana, a cientos de avances sociales y en derechos ciudadanos, es el momento de plantearse qué tipo de revolución vivimos. Sin duda hay cambios rápidos y profundos en muchos ámbitos, nos preguntamos ¿son reversibles? Pues sí, todo es reversible si no cuenta con un profundo sustento y organización popular. Una revolución socialista no tiene una receta, no se encuentra en ningún manual tan visitado últimamente por los “ultra izquierdistas”, pero si debemos decir que hay elementos económicos que tiene que ver con la forma de producir y distribuir la riqueza y elementos políticos que tienen que ver con la forma de organización del poder que son requisitos inamovibles de una revolución socialista; como dijimos en el anterior editorial, nosotros estamos dispuestos, pero sobre todo estamos convencidos pues somos “el partido que se atreve”, nos atrevemos a plantear y organizar la revolución socialista y con mayor vigencia que nunca ratificamos nuestro compromiso de construir “unidad para la radicalización y poder popular para el socialismo”.



