El trabajo es en sí uno de los elementos que genera diferentes formas de división social, de clase, cultura o género, presentes en las relaciones de producción, a la vez, que se ve determinado por un sistema que delimita la forma en que se va construyendo la sociedad.
Dentro de esto el trabajo de cuidado, sea como actividad remunerada o no, se da como resultado de la división sexual del trabajo que está generada por la dicotomía público-privada originada dentro de un sistema patriarcal y capitalista, en el cual la asignación de roles asociado a la mujer está relegada a lo privado.
El espacio público y del trabajo asalariado relacionado con la mujer, en tanto, nos abre una variedad de posibilidades, en las cuales, las mujeres siguen teniendo desventajas en comparación con los hombres asalariados. Ya sea que nos refiramos a mujeres profesionales, empresarias, académicas, como a mujeres que trabajan como asesoras domésticas, en el campo o en la feria, sigue existiendo desigualdades que se pueden evidenciar tanto en el tema económico, como justamente en el cumplimiento de roles en el ámbito privado.
El trabajo de cuidado, abarca lo económico, material y psicológico, en la mayoría de los casos no es reconocido socialmente como una actividad productiva, por lo que no es remunerada. La distancia que existe entre el trabajo asalariado y el de cuidado, realizado por la mujer, determina que exista una carga adicional en el cumplimiento, en muchas ocasiones, de un triple rol, el productivo, el reproductivo y el comunitario.
Es en el reproductivo, en el cual podemos ver aún más la carga de roles que desempeña la mujer y la distancia que adquiere con el trabajo asalariado. Especialmente, cuando en los últimos años se han retomado métodos de crianza enfocados en respetar y fortalecer los derechos de la niñez, lo que ha demandado una mayor participación y presencia en la maternidad.
La maternidad es una de las variables que constituyen al trabajo de cuidado, pues implica una de las cargas adicionales más fuertes que son asignadas a la mujer, pero una de las menos reconocidas, tanto en su valor social como económico. Si bien no deja de ser un elemento cultural, obliga a que las mujeres se mantengan dentro del cumplimiento del trabajo exclusivamente de cuidado condenándola a una dependencia económica, reduciendo así la posibilidad del acceso de la mujer al mercado laboral.
En el caso de que no existiera esta dependencia, la condición de la mujer determinada por su función reproductiva, ampliará la brecha salarial entre hombres y mujeres que realizan el mismo trabajo durante la misma cantidad de horas y perciben un salario distinto. Considerando, además, el aumento de la carga laboral por las tareas de cuidado que deberá realizar en el hogar.
En el caso de Ecuador, según datos del INEC, en una semana las mujeres trabajan un promedio de 77,39 horas, frente a 59,57 horas de trabajo del hombre. Reflejado en el ingreso, los hombres tienen un ingreso laboral de $369,30, mientras que el de una mujer, en las mismas condiciones es de $295,40.
Respecto, a la dedicación de tiempo al trabajo no remunerado, las mujeres dedican en promedio 31,49 horas a la semana, mientras que los hombres sólo dedican 9,09 horas. Y dentro de esto, el tiempo dedicado a las tareas domésticas de una mujer a la semana es de 24,06 horas, frente a sólo 6,00 horas dedicadas por hombres, es decir, mientras las mujeres dedican casi 4 horas al día (extra de sus otras actividades fuera del hogar), los hombres no alcanzan una hora diaria.
Dentro del sistema patriarcal y capitalista, el establecimiento de estos roles sigue determinando una desigualdad desde el acceso, inserción y continuación de las mujeres en el ámbito laboral, la mantención de estas condiciones se encamina a que exista una feminización de la pobreza, que afecta en especial a aquellas mujeres invisibles.
Las teorías feministas y diversos estudios han demostrado que esta carga desigual enfrentada por las mujeres, respecto al trabajo de cuidado, es una de las principales causas de inequidad económica. En este sentido, no sólo es una reivindicación modificar el orden de la repartición de tareas de cuidado, sino también es necesario que exista un mayor reconocimiento de las mujeres en la economía, y políticas públicas que entiendan y reconozcan el trabajo de cuidado como un asunto que involucra al Estado y a la sociedad. Aún más, es nuestra tarea, el reconocimiento de la existencia de una responsabilidad compartida, que permita reducir la carga de roles hacia las mujeres y permita una emancipación de la mujer bajo el reconocimiento en la esfera pública y privada para alcanzar igualdad en las posibilidades y equidad en las condiciones.





