En política los argumentos de quienes no son revolucionarios se sustentan en el argumento de lo que se considera posible en el marco normativo burgués, respetando los derechos “adquiridos” por las clases dominantes; cuidando las buenas relaciones con el imperialismo; garantizando la ganancia de los empresarios y usando solo la vía electoral y la “imposición democrática” para avanzar en las reformas.
Por su parte, para nosotros los revolucionarios el límite de lo posible es justamente lo que planteamos romper y superar, pues sabemos que es necesario cambiar el marco normativo burgués, destrozar las bases de la acumulación capitalista y superar la democracia liberal por verdaderos sistemas de participación y Poder Popular.
En el Ecuador nos enfrentamos por lo menos cada dos años a procesos electorales en los gobiernos autónomos descentralizados o elecciones generales de asambleístas y presidente de la república. Muchas veces la política se limita a pensar en esos momentos electorales y no en la generación y acumulación real de fuerzas populares para impulsar transformaciones que sean más profundas. Esto es en lo que se esfuerzan quienes son progresistas, pero no revolucionarios.
El debate sobre la democracia no es cualquier cosa pues, aunque en principio se entiende este sistema como la imposición de las mayorías sobre las minorías, en la práctica la democracia en el sistema liberal termina siendo cualquier cosa menos eso. Ninguna persona puede elegir nada en su vida de manera honesta y correcta si no tiene la información completa y si no conoce las causas y efectos de su posible decisión. El voto mayoritario de una masa no implica, en sí mismo, democracia. Si las personas deciden sobre cosas que desconocen no están decidiendo, sino que se están sumando a una fantasía impuesta generalmente por quien tiene la mejor estrategia de marketing político y electoral.
Participar en las elecciones es necesario, es fundamental. Se debe hacer con una adecuada táctica y política de alianzas incluso, pero no puede ni debe ser la única táctica ni la única estrategia, y mucho menos el fin de los partidos revolucionarios. Apostarle a golpear el sistema desde adentro cooptando espacios de representación el sistema de la democracia burguesa debe entenderse somo un mecanismo más de la lucha política, una herramienta de la disputa ideológica y un instrumento para darle golpes a la estructura económica de acumulación.
Sin embargo, además de esa batalla debemos considerar la movilización organizada de las masas para disputar el poder desde adentro, así como usar mecanismos de presión al sistema que lo obliguen a ceder ante la propuesta revolucionaria de tal manera que pierdan en lo ideológico, en lo político y en lo económico.
El problema es que muchas de las estrategias revolucionarias como la huelga, la protesta social y la paralización, en este momento no es entendida como un mecanismo de lucha y defensa del pueblo dado que el sistema ha impuesto la retórica de los “vándalos o los terroristas”.
Por ello, es fundamental retomar mecanismos de organización de las masas en sus expresiones sindicales, gremiales o sectoriales y desatar una fuerte ofensiva de propaganda revolucionaria que sacuda la conciencia de las masas sobre la necesidad de acciones más radicales pues es falso que el dialogo nos lleve a consensos. En el diálogo se impone la voluntad de quien tiene más fuerza y no necesariamente, la justicia. Nuestra fuerza está en la capacidad que tengamos de hacer templar el sistema y poner en riesgo los privilegios de la oligarquía.





