Este 5 de junio se conmemora un aniversario más de la Revolución Alfarista, hito que transformó el rumbo normal de la historia nacional y cuya trascendencia se expresa en el cambio económico-político radical más avanzado de la vida republicana ecuatoriana.
Una revolución auténtica desde la expresión popular movilizadora y movilizada pero así mismo desde el concepto, o sea desde la superación de las contradicciones determinadas en un momento y espacio definido, acorde a su momento histórico. El ingreso del Ecuador en la temporalidad capitalista no trae consigo una automática materialización de la implantación del sistema imperante, expresado en el desarrollo acelerado de la industria y el mercado; sin embargo, desarrolla, por obvias razones, nuevas formas de producción transitando, al Ecuador, de una economía atrasada colonial heredada del siglo XIX hacia una precoz modernización a inicios del siglo XX. Es así que dicha transición marca los antagonismos políticos mediante la división económica territorial de las formas de producción entre la región Costa y Sierra y a su vez las disputas de poder de las clases dominantes de estas regiones.
La contradicción fundamental se generó entre el desarrollo económico en la Costa dirigido por los sectores político liberales y económicamente agro-exportador, banquero y comercial y la conservación del poder estatal de la Sierra liderado por el sector político conservador clerical y económicamente terrateniente y manufacturero de consumo interno. En este sentido, las montoneras Alfaristas generan la superación revolucionaria a las contradicciones fundamentales de la sociedad ecuatoriana en 1895, por ello su importancia no radica en la capacidad administrativo – burocrática en el poder del Estado mediante la construcción de distintas obras como pretende hacer creer la historiografía oficial sino en la capacidad de remover las relaciones de poder y generar una nueva correlación de fuerzas encabezada por los sectores de avanzada de la época, por lo que las esencias alfaristas –liberales radicales y laicas- fueron plasmada en las funciones y obras de un nuevo tipo de Estado. Posterior al periodo de gran transformación social del liberalismo radical que duró hasta 1912, el alfarismo desembocó en un proceso de desgaste interno, generado por las mismas clases y sectores que apoyaron al inicio del proceso revolucionario.
El pacto oligárquico entre las clases dominantes de la sierra y la costa, temerosos de una revolución de carácter social profunda acuerda el estancamiento del proceso alfarista e inaugura un periodo de reordenamiento, estabilidad y paz social excepto con los sectores del alfarismo radical que fueron perseguidos criminalmente.
Han pasado 122 años de aquella gesta heroica del Viejo Luchador que acompañado por los campesinos, indígenas, pequeños grupos de obreros, intelectuales, mujeres y demás sectores excluidos dieron inicio a una nueva etapa republicana, sin embargo, a pasar que hoy nos encontramos en otro momento superior de la historia, no podemos conmemorar el 5 de junio sin enaltecer las estrategias políticas pero a su vez alertar las tácticas de la contra-revolución usada por los mismo enemigos de los Alfaro que aún no han sido vencidos. La Revolución Ciudadana posee entre sus múltiples logros, uno que en materia política es de vital importancia: el cambio de relaciones de poder.
El éxito de esta Década Ganada, no se puede reducir a la simple administración de las obras generadas: carreteras, escuelas, hidroeléctricas, etc., que sin duda han sido importantes para aumentar abismalmente las condiciones de vida de la ciudadanía, sino en generar un escenario para la disputa de una nueva correlación de fuerza cuyo protagonismo – más no dirección- poseen los sectores subalternos. Sin embargo, ningún proyecto político que ha logrado tomarse el poder político puede garantizar su poder en medida de un consenso mediante cuotas políticas y no combatir a los sectores retrógrados de la historia. El poder no se encuentra en el exclusivo espacio de ubicación jerárquica sino en la capacidad de ejercer dicho poder. Por ello, el garantizar y profundizar a la Revolución Ciudadana no depende ahora en el logro adquirido en las urnas sino en el manejo que den los sectores de avanzada para fortalecer la correlación de fuerzas y agudizar más las relaciones de poder en beneficio de los intereses populares.
Así como el 5 de junio nos ha brindado experiencias para el triunfo revolucionario, la hoguera bárbara nos da para no repetir la trágica historia del alfarismo, en este sentido, hay que estar alertas en el guión de la oposición contra-revolucionaria, que a nombre del cambio de estilo del Presidente Lenin Moreno, intente minar desde el interior a la Revolución Ciudadana como fue en 1912 y pero aún que intente establecer una agenda desde los sectores cuya agenda y plan de gobierno fue derrotado en las urnas. La táctica opositora del pacto entre sectores dominantes y el desgaste político a través de particularidades condenables pero no políticas, como la corrupción, posee similar libreto a la forma de detener al alfarismo que desgraciadamente contó con denuncias de corrupción por nepotismo a más de calumnia e inventos de la prensa, pero que sirvieron para disminuir la fuerza moral del proceso y legitimar su “juzgamiento popular” al contar con la correlación de fuerzas a su favor. Los comunistas ecuatorianos conscientes que en medio de la lucha de clases, existen acuerdos entre sectores dominantes que pueden traer momentos de “estabilidad política” como pasos forzosos de la historia, rechazamos rotundamente el intento de minar a la Revolución Ciudadana mediante la judicialización de la política, instamos al combate de la corrupción pero sin condenar a un proyecto político en su generalidad sino a quienes cometieron los delitos, sean afines o no a la Revolución Ciudadana. Es necesario que junto al pueblo, como mejor aliado, se logre vencer la batalla moral. De la misma manera, es imperativo el análisis de la correlación de fuerzas en conjunto con la organización de las masas populares para el asedio del poder y establecer en -términos gramscianos- la guerra de posiciones y guerra de movimientos como táctica necesaria para no estancarse en lo conquistado sino avanzar en la consolidación de la Revolución Nacional Liberadora como antesala del socialismo.
c. Juan Francisco Torres
Secretario General
Partido Comunista Ecuatoriano



