Antonio Gramsci nos legó una de las categorías más fecundas para pensar la política contemporánea: la hegemonía. No se trata únicamente de la dominación ejercida por una clase sobre otra mediante la coerción, sino, sobre todo, de la capacidad de construir consenso, de presentar un proyecto histórico particular como si fuera el interés general de toda la sociedad. En este sentido, la política es, antes que nada, una disputa cultural, ideológica y moral. Y esa disputa no se gana desde la neutralidad, porque la neutralidad es, en sí misma, una forma de alineamiento con el orden existente.
Hoy asistimos a una reconfiguración del bloque dominante en la que el fascismo ya no se presenta con los símbolos clásicos del autoritarismo del siglo XX, sino con el rostro amable del ultraliberalismo. Se blanquea bajo el lenguaje de la “libertad individual”, del “emprendimiento” y del “antiestatismo”, mientras profundiza la precarización de la vida, la mercantilización total de los derechos y la destrucción de los lazos sociales. Su legitimación ha sido posible porque se le ha permitido ocupar el espacio del debate institucional burgués como una opción más dentro del pluralismo formal, invisibilizando su carácter profundamente antipopular y reaccionario.
Desde una lectura gramsciana, este fenómeno no puede entenderse sin analizar la crisis de hegemonía del campo popular. La renuncia, explícita o implícita, al marxismo como línea vertebral del análisis ha debilitado la capacidad de nombrar el conflicto central de la sociedad capitalista: la lucha de clases. En su lugar, han proliferado narrativas fragmentarias que, si bien visibilizan opresiones reales, terminan siendo fácilmente capturadas por el discurso dominante cuando se desconectan de una perspectiva estructural y de clase. El resultado es una proliferación de disputas identitarias entre sectores populares que comparten, en lo esencial, una misma condición material de explotación.
Gramsci advertía que toda hegemonía implica una reforma intelectual y moral. Recuperar la disputa ideológica supone, entonces, reconstruir una cosmovisión capaz de articular las demandas dispersas en un proyecto histórico común. El marxismo como herramienta viva para comprender la totalidad social y sus contradicciones. Volver a él significa la urgencia de dotar a la política de un análisis riguroso del capitalismo contemporáneo y de sus formas renovadas de dominación.
En este contexto, no basta con denunciar que el capitalismo es insostenible, aunque lo sea, ecológica, social y humanamente. Es imprescindible volver a nombrar el socialismo como horizonte político deseable y necesario, como un proyecto concreto de reorganización de la vida social, capaz de garantizar condiciones materiales dignas, derechos universales y una democracia sustantiva para las mayorías.
La batalla cultural exige plataformas políticas movilizadoras, profundamente enraizadas en la experiencia de la clase trabajadora, que disputen sentido común y construyan voluntad colectiva. Como enseñó Gramsci, no hay transformación sin organización, ni hegemonía sin un proyecto claro. Volver a disputar hegemonía es, hoy, una tarea urgente y asumirla implica comprender que la neutralidad no es una opción.





