Estados Unidos ante el declive de su liderazgo global: política exterior, conflicto y autoritarismo.

El declive del liderazgo global de Estados Unidos no se expresa como retirada ordenada, sino como reacción imperial: más coerción, más militarización, más chantaje diplomático. Cuando la hegemonía se agrieta, por la pérdida relativa de poder económico, el desgaste de sus guerras, la crisis de legitimidad interna y el ascenso de otras potencias, el imperialismo tiende a endurecerse. Lenin lo sintetizó con precisión: “El imperialismo es la fase superior del capitalismo”, es decir, la etapa en que la concentración monopólica y el capital financiero empujan a la expansión violenta, a la rapiña de territorios y a la subordinación de países enteros. Esa lógica, hoy, se muestra sin maquillaje en la política exterior de la administración Trump.

El ejemplo más brutal es el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense el 3 de enero de 2026. Washington lo denomina “captura” y pretende vestirlo de legalidad, pero los hechos, una extracción militar en Caracas y traslado forzoso a territorio estadounidense, constituyen un acto de fuerza que viola principios básicos de soberanía e incrementa la inestabilidad regional. No estamos ante un “exceso”, sino ante un movimiento coherente con el interés material del capital: el control de recursos estratégicos y el disciplinamiento geopolítico de América Latina.

El mismo patrón aparece en la retórica y los movimientos de Washington sobre Groenlandia, reactivados por Trump en el Foro Económico Mundial de Davos. Allí insistió en su aspiración de “control” o “propiedad”, enmarcándola como necesidad estratégica, mientras intentaba “normalizar” la coerción diciendo que no usaría la fuerza. No es un capricho: es la disputa por el Ártico, sus rutas y minerales, y la instalación de posiciones de dominio en un nuevo tablero global. Cuando la hegemonía se erosiona, el imperialismo vuelve a los mapas: bases, corredores, recursos, enclaves.

En Palestina, el cinismo alcanza niveles abiertamente bárbaros. La Casa Blanca ha impulsado el “plan integral” de “reconstrucción”; iniciativas que, en la práctica, eluden la raíz política de la ocupación y abren la puerta a proyectos de “desarrollo” que pueden convertirse en ingeniería demográfica. Diversas coberturas han denunciado que bajo la fantasía de una “Gaza Riviera” se intenta presentar como modernización lo que es despojo y expulsión. Esto encaja con la forma contemporánea del imperialismo: convertir la devastación en negocio y la tragedia en oportunidad de inversión, privatización y control territorial, con el sufrimiento palestino como “externalidad” tolerable.

La ofensiva no se limita a Venezuela o Palestina. En Centroamérica, Trump ha reactivado una lógica de “tutela hemisférica”. Su interés por “recuperar” el Canal de Panamá se presenta como disputa geopolítica contra China, pero en esencia expresa el viejo reflejo imperial: controlar los nudos del tránsito mundial. La doctrina Monroe, con su pretensión de “patio trasero”, reaparece como práctica: presión, condicionamiento, amenaza y castigo.

En Honduras, las denuncias de injerencia estadounidense durante el proceso electoral y el clima de fraude se han cruzado con gestos de Washington que actúan como señales políticas: respaldo explícito, presión y decisiones polémicas como el indulto al expresidente Juan Orlando Hernández, que fueron interpretadas como interferencia en un contexto ya polarizado. Cuando la política exterior se vuelve extensión directa de intereses internos, la “democracia” se reduce a herramienta: se invoca para enemigos, se relativiza para aliados.

La lógica de amenaza también se ha mostrado sin ambigüedad hacia gobiernos electos. Trump llegó a afirmar que una operación militar contra Colombia “le sonaba bien”. Con México, la administración ha insistido públicamente en la idea de acciones unilaterales contra el narcotráfico, presionando al gobierno de Claudia Sheinbaum y alimentando un clima de chantaje securitario. Esto no es “diplomacia dura”: es injerencia, y sirve a un propósito clásico del imperialismo: subordinar agendas nacionales a la seguridad y los negocios del centro.

En el plano interno, el declive de la legitimidad estadounidense se expresa como autoritarismo doméstico. La política migratoria se ha endurecido con violencia institucional. En 2025 se registró el año más mortífero en custodia de ICE en más de dos décadas, con al menos 32 muertes reportadas; en 2026, además, casos de muertes vinculadas a operativos de control migratorio han generado indignación pública. Este aparato de persecución no es un “exceso administrativo”: es una forma de “disciplinamiento” de la fuerza de trabajo migrante, útil para dividir a la clase trabajadora, sembrar miedo y justificar agendas racistas.

Así, el trumpismo no es una anomalía personalista separada del sistema. Es una forma de gestión del declive imperial: hacia afuera, más amenazas, más despojo, más guerra; hacia adentro, más control, más persecución, más racismo institucional. Desde una perspectiva marxista, el motor no es la “personalidad” del gobernante, sino la presión del capital monopolista y del complejo militar-securitario por preservar ganancias y dominio en medio de una crisis por la hegemonía y la debacle civilizatoria.

Para los pueblos de América Latina, la lección es clara: la soberanía no se negocia con quien se cree dueño del continente. La doctrina Monroe sigue siendo la coartada del dominio. Frente a ello, la respuesta debe ser unidad popular, integración soberana, solidaridad internacionalista y una agenda antiimperialista que ponga en el centro a la clase trabajadora, los pueblos indígenas, las mujeres y la juventud. En tiempos de declive hegemónico, el imperialismo se vuelve más peligroso. Y precisamente por eso, la lucha por la emancipación se vuelve más urgente.

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