Editorial: Juntemos todas las luchas.

El problema estructural de la sociedad de clases es la explotación; no obstante, desde una perspectiva revolucionaria, el gran desafío para superarla radica en el desconocimiento o la falta de conciencia de los explotados sobre su propia condición. La batalla de las ideas se disputa en la opinión pública y se instala a través de las instituciones de la superestructura social, como la escuela, la religión, la cultura, entre otras. Son esas instituciones y expresiones las que se encargan de hacernos creer que vivimos en un mundo distinto al que realmente existe; es decir, sostienen la hegemonía de la clase dominante, como señalaba Gramsci.

El pueblo vive en un mundo de fantasías. Se despierta cada día con la esperanza de que alguien “le ayude” con un trabajo, de que ocurra el “milagro” de que nadie se enferme y de que “Diosito” cuide la salud porque en los hospitales no hay nada. Muchos están convencidos de que viven en libertad porque no ven cadenas en sus manos. Sin embargo, somos víctimas de explotación, discriminación y abandono, cargando la única herencia real que poseen las familias trabajadoras: su condición de clase. Esa condición no cambia por tener más o menos dinero, por poseer o no un título universitario; se vive porque somos los desposeídos y los excluidos de los beneficios reales de la economía y de la riqueza.

Claro que no todas las personas viven la explotación de la misma manera. El propio sistema modela la exclusión para evitar que se produzca una implosión que rompa la “estabilidad” del Estado construido para garantizar la vida cómoda de los poderosos. No nos destruyen porque nos necesitan: requieren que seamos millones para vender barata nuestra fuerza de trabajo. Nos presionan constantemente y, de vez en cuando, nos conceden un respiro para que la desesperanza se transforme en la ilusión de sobrevivir un día más. Pero la verdad es que la burguesía desprecia al pueblo; les incomodan las manos curtidas de quienes sostienen con su trabajo toda la sociedad.

Nos explotan de manera distinta según seamos jóvenes o viejos, urbanos o rurales, y también de forma diferente entre hombres y mujeres. De esta realidad habla el marxismo desde sus primeros textos, y se confirma en la teoría y en la práctica histórica cuando los procesos socialistas reconocieron el mismo valor y derechos para todos los miembros de la sociedad. En ese marco también se reconocieron las tareas de cuidado y las labores reproductivas como parte esencial del funcionamiento social, responsabilidades que deben ser garantizadas y valoradas colectivamente. Por ello el 8 de marzo surge como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y por eso hombres y mujeres y, en particular, la militancia comunista marchamos juntxs en esta fecha para exigir igualdad real y el reconocimiento pleno de derechos.

Marchamos y nos organizamos para transformar la sociedad en su conjunto. Reivindicamos que la revolución implica un cambio integral del sistema, “cambiar todo lo que deba ser cambiado”. Por ello proclamamos con más fuerza la unidad estratégica de los comunistas y marxistas del Ecuador, así como la unidad táctica con todas las fuerzas revolucionarias capaces de construir una plataforma común para defender la vida del pueblo. Se trata de librar juntos la batalla por la liberación nacional, que implica expulsar las garras del imperialismo de la soberanía de la patria,  y avanzar luego hacia la revolución, basada en el poder popular como artífice del futuro socialista.

Nuestra revolución no se limita al Ecuador. Hoy más que nunca reafirmamos el carácter internacionalista de la lucha revolucionaria. El imperialismo masacra pueblos enteros con el pretexto de enfrentar a sus gobiernos; eso ocurre con Venezuela, Cuba, Palestina e Irán. Todas esas luchas también nos pertenecen. Somos parte de esas batallas porque la dignidad de los pueblos no reconoce fronteras. Hoy, más que nunca, tenemos la obligación histórica de indignarnos frente a las injusticias y de unir todas las luchas en un mismo horizonte de emancipación: una sociedad libre de explotación.

Juntemos todas las luchas.

c. Manuel Paredes Martínez

Secretario General

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