Del multilateralismo a la imposición unilateral, transformaciones del poder global en el siglo XXI.

Posterior a la II Guerra Mundial, el llamado sistema internacional de naciones fue presentado como el marco racional y normativo que regulaba las relaciones entre Estados soberanos. Organismos multilaterales, tratados internacionales y un entramado jurídico-político sustentado en el derecho internacional y los derechos humanos habrían de garantizar un orden mundial basado en reglas, cooperación y resolución pacífica de los conflictos. Sin embargo, el devenir del siglo XXI ha expuesto el carácter profundamente ficticio de esta arquitectura. La segunda administración de Donald Trump no debe ser entendida como la política de un líder megalómano, sino la manifestación descarnada de una lógica estructural: el carácter imperialista que el capitalismo contemporáneo se ve forzado a asumir para garantizar la supervivencia del hegemon.

El tránsito del multilateralismo discursivo a la imposición unilateral no es un accidente histórico. Es el resultado de una crisis profunda del orden (neo)liberal internacional, erosionado por la propia dinámica del capital. La globalización neoliberal, lejos de producir un mundo interdependiente y equilibrado, ha intensificado las asimetrías, concentrado el poder económico y debilitado la soberanía real de la mayoría de los Estados. En este contexto, las instituciones multilaterales funcionan cada vez menos como espacios de negociación y más como dispositivos de legitimación selectiva, útiles solo mientras no contradigan los intereses estratégicos de las potencias centrales.

La política exterior y económica de Trump revela la farsa de la supuesta democracia liberal global. Cuando el capital entra en una fase de recomposición violenta, los principios que fundaron el Estado de derecho liberal se tornan prescindibles. El respeto a la autodeterminación de los pueblos, la igualdad soberana entre Estados o la vigencia universal de los derechos humanos se subordinan sin pudor a la lógica de la acumulación y al sostenimiento de la hegemonía en declive.

En este punto, resulta pertinente hablar de una fase necropolítica del capitalismo. Siguiendo a Achille Mbembe, no se trata únicamente del ejercicio del poder sobre la vida, sino de la administración sistemática de la muerte como condición de posibilidad del orden económico. Guerras permanentes, sanciones económicas que devastan poblaciones enteras, desplazamientos forzados y regímenes de excepción se integran de manera orgánica al funcionamiento del sistema. La alienación ya no opera solo en el ámbito del trabajo, sino que penetra las dimensiones más profundas de la vida social, naturalizando la violencia como mecanismo legítimo de regulación global.

Así, la segunda administración de Trump no inaugura un nuevo paradigma, sino que hace visible lo que el liberalismo intentó ocultar bajo el velo del consenso y la legalidad internacional. El llamado sistema internacional de naciones aparece, entonces, como una ficción funcional: un relato que encubre relaciones de dominación imperial y que se desmorona cuando el capital ya no puede sostener sus mediaciones ideológicas. Comprender este agotamiento no es un ejercicio académico neutral, sino una condición necesaria para pensar alternativas políticas y emancipatorias en un mundo donde la imposición unilateral se ha convertido en la norma del poder global.

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