América Latina, históricamente, se ha visto marcada por un proceso de dependencia económica y política frente a los países desarrollados. Durante el último siglo, principalmente frente a EE.UU, en lo económico marcado por un modelo agroexportador, caracterizado por la exportación de commodities y la importación de bienes industrializados. Hoy, esta dependencia no ha sido superada y se agudiza cada vez más la disyuntiva frente a la disputa por la soberanía.
Esto responde a tres factores fundamentales enlazados tanto en lo económico como en lo político: 1. La reprimarización basada en el extractivismo (recursos minerales metálicos como el oro, plata, cobre, litio, silicio entre otros) para la exportación destinada a la industria tecnológica particularmente acelerada por la emergencia de la IA, y generación de energías renovables. 2. La dependencia económica frente a organismos internacionales (FMI, BID, UE) y el endeudamiento para financiar las crisis en latinoamerica enfrentadas durante los últimos años, 2008 crisis inmobiliaria que afectó a nivel internacional, y hoy, la repercusión de la pandemia. 3. La emergencia de los TLC como instrumentos que profundizan la dominación económica y ceden parte de su soberanía en pro del derecho privado y las grandes corporaciones.
Latinoamérica aún depende fuertemente de la exportación de petróleo: Venezuela tiene las mayores reservas, mientras que Brasil se ha convertido en el primer productor de petróleo en Latinoamérica; recurso que sigue siendo el principal para la producción de combustibles. Además, la concentración de litio en Argentina, Bolivia y Chile (triángulo del litio) con más del 55% de recursos mundiales, y el 44% de las reservas de cobre que se encuentran en Chile, Perú; vuelven a la zona totalmente estratégica en la provisión de materias primas. Y, actualmente, con la emergencia de la tecnología, aunque estos recursos se encuentran en el centro para el abastecimiento mundial en la cadena de suministro tecnológico; el poco o nulo desarrollo industrial y tecnológico en Latinoamérica, agudiza la dependencia.
Particularmente vemos que la minería en nuestro país Ecuador, en donde se extraen grandes cantidades de oro, pero también plata, cobre y zinc, se ha incrementado vertiginosamente: Las exportaciones mineras crecieron en un 900% en 5 años; de 300 a más de 3.000 millones entre 1999 al 2024. Esto se explica por la fuerte demanda de oro no solo en el uso para respaldo de capitales financieros, sino en el uso como componente tecnológico de alto rendimiento como la IA y en la industria automotriz y aerodinámica para el recubrimiento de motores.
Con respecto a la deuda externa, esta ha sido y sigue siendo hasta hoy, un elemento económico de presión política que genera dependencia, en la medida en la que el país que la adquiere, se somete a condiciones políticas específicas que permiten “asegurar” a los acreedores el pago de la deuda. Estas condiciones se inscriben en la lógica neoliberal para fortalecer el sistema capitalista, que promulga los principios del Consenso de Washington de: austeridad del estado, reducción de inversión social (o gasto como lo conciben), apertura de mercado, entre otras.
Finalmente, los TLC se constituyen como herramientas para el aseguramiento de la política neoextractiva, favoreciendo la entrada de industrias para la explotación minera y la exportación de materia prima a bajo costo y debilitando la poca industria nacional, desincentivando los procesos de industrialización pues sale más barato importar, mientras la oligarquía parasitaria ligada a la agroindustria y las importaciones se fortalece.
Sin duda, las políticas económicas no solo responden a la necesidad de recursos, sino fundamentalmente a la visión y voluntad política de los gobiernos por priorizar temas económicos enlazados a un modelo capitalista neoliberal frente a temas sociales. Así, la redistribución de la riqueza, la priorización de la vida a la deuda, y el desarrollo de la industria nacional para atacar la dependencia económica son sin duda necesarios en un giro para disputar nuestra soberanía.
A finales de los 90´s, en América Latina emerge el llamado progresismo, un proyecto que, con sus límites, proyectaba la recuperación de la soberanía como forma de autodeterminación de las decisiones tanto sociales, políticas y, en la medida de lo posible, económicas: nuevos marcos normativos como en el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador, reformas políticas, restablecimiento de paraguas económicos frente a la participación del Estado en los “bienes estratégicos”, entre otros; marcaron la época; pero como vemos no fueron suficientes.
Aunque con la llegada del progresismo y los gobiernos de izquierda se intentó recuperar la facultad del Estado para tomar sus propias decisiones, priorizando “la vida a la deuda”, y asumiendo políticas en el marco de la propia autodeterminación. Hoy, el retorno de gobiernos neoliberales en países como Argentina, Perú y Ecuador; y la emergencia de la doctrina Monroe (“América para los americanos”) en los Estados Unidos, ha agudizado los procesos de dependencia política que guía las relaciones económicas.
En tanto no exista un mecanismo de articulación política y de unidad que fortalezca a los países Latinoamericanos, no solo la soberanía, sino la seguridad de nuestros países, pende de un hilo. La invasión y el secuestro del Gobierno de Venezuela fue una clara muestra de la debilidad de los mecanismos internacionales frente al respeto básico de no intervención, y muestra el desgaste sistemático de las instituciones de derecho internacional.
En el ámbito económico, Marx señala que “… el comercio exterior, cuando se limita a reponer los elementos (también en cuanto a su valor), no hace más que desplazar las contradicciones a una esfera más extensa, abriendo ante ellas un campo mayor de acción” (Marx, El Capital, t. II ); es así que, en tanto menor desarrollo económico interno, más dependencia del comercio internacional, sobre todo de las grandes potencias y a su vez socios comerciales. Por ello la integración económica en base a una política común en Latinoamérica es clave, porque permite disputar un bloque de resistencia frente a las políticas neoliberales y generar procesos de complementariedad económica, que reduzca la dependencia que hoy se ha agudizado.





