El imperialismo no constituye una mera política exterior agresiva, sino la fase superior y necesaria del capitalismo, tal como lo definió Lenin en su análisis. Esta etapa representa la culminación de las contradicciones inherentes al sistema, donde la concentración del capital alcanza su expresión máxima que domina la vida económica global.
Hoy, esta fase imperialista ha ingresado en un período de reposicionamiento y esto se manifiestan con particular ferocidad en las naciones oprimidas, donde la explotación adquiere formas cada vez más descarnadas. América Latina, históricamente sometida a la condición de patio trasero del imperialismo norteamericano, enfrenta actualmente una ofensiva multidimensional que exige un análisis de clase riguroso, libre de ilusiones reformistas y basado en el materialismo.
El imperialismo está marcado por la concentración del capital, la fusión del capital bancario e industrial en el capital financiero, la exportación de capitales y la competencia entre grandes potencias por el reparto del mundo. Ahora bien, lejos de desaparecer, el imperialismo se ha transformado. Hoy la división del mundo no se realiza únicamente por conquistas coloniales, sino a través de mecanismos financieros, tecnológicos y militares. Las grandes potencias no buscan ya nuevos territorios para poblar, sino nuevos espacios para la valorización del capital, nuevos mercados y nuevas zonas de influencia económica y política. Esta realidad se expresa con crudeza en nuestra región.
El genocidio en Palestina y la imposibilidad de otros países como Rusia o China para detener aquello demuestra que no es el mundo multipolar que nos imaginamos, puede sucederle a cualquiera como también pasó con Venezuela y el secuestro de su presidente, es el límite de lo que se llamaba una multipolaridad.
En este contexto, el auge de tendencias fascistas y reaccionarias en la región constituye la respuesta terrorista del capital financiero ante su crisis histórica. El fascismo no es una anomalía del sistema liberal, sino una de sus posibles formas políticas en momentos de descomposición, como enseñaron Lenin. Las experiencias de Argentina, Bolivia y Ecuador demuestran con claridad que los gobiernos progresistas que no rompen con la lógica del capital y no desmantelan el aparato estatal burgués, terminan administrando la crisis para el imperialismo o son barridos por la reacción que ellos mismos contuvieron. El límite del progresismo es, precisamente, su negativa a enfrentar radicalmente el régimen de acumulación del capital.
La ofensiva imperialista actual se despliega bajo nuevos pretextos. Si en la década de 1960 se invocaba solo la “amenaza comunista”, hoy se instrumentaliza, la “lucha contra las drogas” y el “control migratorio” para justificar la militarización del continente y la recolonización económica. Como señaló Lenin, “mientras exista el capitalismo, el exceso de capital no se empleará en elevar el nivel de vida de las masas, sino en aumentar los beneficios mediante la exportación de capital al extranjero”. Esta lógica de rapiña continúa intacta, ahora disfrazada de retórica de seguridad hemisférica.
Frente a esta ofensiva descarnada, América Latina no puede ser territorio de conquista. Esto requiere construir instrumentos políticos capaces de dirigir la batalla: un partido marxista-leninista que eduque, organice y movilice a la clase obrera y al pueblo; frentes antiimperialistas y antifascistas basados en la movilización popular desde abajo y una estrategia internacionalista que una nuestra lucha con la de todos los pueblos oprimidos del mundo. En esta batalla no hay medias tintas: o avanzamos hacia la revolución socialista o nos condenamos a la barbarie capitalista.





