Tan pronto como inicia este año, la coyuntura internacional ya nos ha marcado un nuevo ritmo político. Soplan vientos huracanados. El Imperialismo se ha desprendido completamente de sus ropajes “democrático-liberales” y retoma una conocida política internacional de agresión directa (centrada en Latinoamérica), de enemigos internos (narcosocialismo) y relatos neofascistas libertarios. Esta coyuntura nos invita a tomar acciones urgentes en el plano organizativo (el cual no se debe entender fuera de su unidad con lo político).
Hablar de organización es hablar de supervivencia en un mundo que nos disgrega, nos particulariza, no solo para consumir, sino para separar del grupo a los elementos potencialmente “perjudiciales” (críticos). Es urgente, “no solo toda declaración de amor”, sino toda acción que reafirme lo colectivo, y no solo para “resistir”, sino para salvarnos (en un sentido ecocéntrico, la totalidad social-natural como lo entendemos desde el marxismo). Construir la unidad estratégica es una urgencia, reconocernos entre quienes estamos dispuestos a llevar nuestro programa hasta las últimas instancias. ¿Y por qué no priorizar la unidad amplia táctica frente a la estratégica? Es simple, porque no es posible un parche, un “intento” de reconstruir el mismo consenso liberal que el mismo imperialismo americano acaba de desdeñar.
La dispersión generalizada, tanto de los sectores “organizados” (vanguardias práctico-organizativas y políticas) como de las “masas”, debe entenderse como lo que es: una crisis de doble vía. Primero, entre la incapacidad de los “politizados” de entenderse en un horizonte que implica un proyecto conjunto de toma del poder para la emancipación, y de la desconexión de “hablar” con la masa. La izquierda revolucionaria ha perdido su capacidad de conectar con los intereses de las masas, no por “solo” caer en agendas reivindicativas, sino por dejarse permear de elementos discursivos y prácticos ajenos y perniciosos en sí a esas mismas masas, y por ende a la clase a la que nos debemos. La burguesía transnacional y sus aparatos ideológicos han logrado incluso hacer dudar a la misma izquierda de nuestras propias potencialidades y horizontes.
En virtud de lo mencionado, debemos establecer con claridad, primero que nada, nuestro plan estratégico para la toma del poder; en otras palabras, el cómo vamos a operativizar la construcción del socialismo a la ecuatoriana. Tenemos claro, tal como enseña Lenin, que para la toma del poder se requieren tácticas diversas bajo la dirección del partido revolucionario, esto se resume en la combinación estratégica de las diversas formas de lucha y esto no puede quedar en una frase vacía, sino en una invitación a pensar nuestra acción política con minucia y astucia. Se dice que la guerra es la política llevada por otros medios, por lo que la “lucha” política (de clases) es en sí “el” conflicto social por excelencia, y por ende las leyes históricas descubiertas por el mismo marxismo-leninismo para entender dicha lucha se le deben aplicar en todas sus dimensiones y formas.
Cuando hablamos de estrategia y táctica (y de arte operativo, concepto intermedio muchas veces olvidado), no solo se debe entender para la coyuntura, sino que justamente debe adecuarse este análisis a un periodo concreto, lo que en nuestro caso define nuestro programa como resultado del análisis marxista de nuestra realidad concreta ecuatoriana.
La unidad puede ser estratégica y/o táctica, para lo cual debemos identificar bien tanto a los aliados estratégicos y tácticos, como a los enemigos en el mismo campo diferenciado; los primeros -estratégicos- son los fundamentales para el desarrollo y desenlace del periodo que nos encontramos (son con quienes llevaremos hasta el final la construcción del socialismo en sí), y los tácticos con quienes superaremos los vaivenes de la coyuntura inmediata o de medio término, como por ejemplo al hablar de la liberación nacional o soberanía. Esto lo tenemos claro; sin embargo, la articulación de todas las formas de lucha se atraviesa en cada momento de esta praxis, y es donde menos claridad muchas veces las y los comunistas tenemos. Logramos muchas veces identificar cómo y con quiénes pelear o contra quiénes enfrentar nuestros esfuerzos, pero un buen estratega (como lo debe ser el intelectual orgánico del proletariado, o sea el Partido como vanguardia) también debe determinar el mejor terreno, circunstancias, herramientas, en suma, las condiciones para dicha lucha.
Es así que este principio político-operativo nos marca también condiciones para la unidad: es saber cómo y en qué niveles de lucha nos articulamos. La insurrección como arte, decía Lenin, debe entender que la lucha de clases va desarrollándose cualitativa y cuantitativamente, es decir dialécticamente, por lo que dichos niveles no son excluyentes entre sí, sino “momentos” o “instantes” del proceso revolucionario. Ante esto, el Partido, como elemento subjetivo de la lucha de clases, debe determinar con claridad el mejor momento para el despliegue específico y concreto que mejor se traduzca en avances para el proceso revolucionario; las condiciones no se esperan, se las construye con actividad transformadora. Por ejemplo, al formarnos para las tareas venideras, o afianzando en el camino los más fuertes lazos y alianzas, que solamente surgirán en cuanto nuestra organización se funde en el trabajo de masas, sin perder la perspectiva estratégica.
En línea con lo mencionado, es condición previa para un exitoso y revolucionario trabajo de masas, el reconstruir en la praxis (en la teoría y en la práctica) la teoría revolucionaria legada del marxismo-leninismo, asentada en la realidad ecuatoriana. Este es un proceso largo, que si bien hemos avanzado, requiere seguir desarrollándose, para conseguir primero la unidad más importante en cualquier proceso revolucionario: la ideológica dentro del partido en sí, la cual nos abrirá paso a clarificar la estratégica y por ende la táctica, para así evitar estar al vaivén de la historia y la lucha, y recuperar el rol de vanguardia, que como en palabras del c. Manuel Paredes Martínez, no es solo una declaración política, sino confirmada en la práctica.
Sin dudas, la coyuntura regional sienta elementos para el inicio de una nueva etapa de fuerte persecución y criminalización anticomunista; el consenso democrático-liberal en tanto elemento regional se ha roto de manera frontal, lo cual nos permite reafirmar la pertinencia de que nuestro Partido se declare como una organización reservada y compartimentada. Las y los comunistas jamás hemos dependido de la “legalidad” para nuestra actividad revolucionaria, porque nuestro horizonte trasciende los marcos ficcionales del Estado burgués y, en ese sentido, debemos recordar que somos “conspiradores profesionales”. Sin dudas los retos para este nuevo año son varios; ante todo, construir un “partido para la revolución” es el más importante.





