Hoy vivimos una época cuya naturaleza real parece no estar clara para todos. Si se mira al mundo del presente, es evidente que el imperialismo es la fuerza dominante pero no única. El mundo unipolar impuesto por EEUU y sus aliados, tras la desaparición de la Unión Soviética y de los países socialistas de Europa del Este, se resquebraja visiblemente por causa de la crisis que asola a sus países y por la disputa que le imponen las potencias en ascenso, especialmente China y Rusia, dentro del marco del BRICS dando forma un mundo multipolar.
A su vez, el descrédito creciente de las políticas neoliberales impuestas por el pensamiento único de las matrices ideológicas mundiales hace que insurjan grandes movimientos de masas que ponen en peligro el poder de la oligarquía monopólica internacional y de sus aliados criollos en los países dependientes. Basta mirar lo que recientemente se logró en Grecia o lo que puede venir en España.
En algunos lugares de la Tierra esos movimientos han tomado el poder y crean gobiernos alternativos que se mueven alrededor de tres ejes fundamentales: reafirmación de la soberanía nacional, desarrollo económico independiente y elevación del nivel de vida de la población.
Para ello ha sido preciso crear nuevos mecanismos de integración. En el caso de América Latina, primero fue el ALBA, luego UNASUR y, más recientemente, CELAC. Entidades claramente enfrentadas al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y a la Organización Mundial de Comercio y, por disminuir el poder de Washington, vistas con ojeriza por la reacción mundial.
Necesidad imperiosa de supervivencia, sin embargo, porqué los países pequeños, aislados y débiles que emprenden por el camino del desarrollo autónomo, siempre han sido fácil presa del imperialismo. Mientras que asociados entre pares pueden defenderse con más éxito de las conspiraciones solapadas (o no tanto) que vienen de los servicios secretos de los países ricos, de las oligarquías criollas, de las organizaciones no gubernamentales financiadas por las transnacionales o las potencias capitalistas y de los tanques de pensamiento (thinks thanks), estatales y privadas, del capital financiero.
Son gobiernos que –con diferentes niveles de profundidad- han debido enfrentarse frontalmente con la oligarquía financiera internacional, pero que tienen en común buscar caminos propios de progreso nacional separándose de la hegemonía que les impone el imperialismo norteamericano y toda la red de instituciones por él creadas para conservar el dominio mundial.
Para conseguir las metas propuestas, los gobiernos nacionalistas, lo que primero han hecho ha sido fortalecer el papel del Estado, ese Estado tan fuertemente criticado, corrompido y empequeñecido por los gobiernos derechistas y tan incomprendidos por esa izquierda irresponsable que cree que con palabras y violencia insensata se puede acabar para siempre con las relaciones de explotación del hombre por el hombre.
Al respecto cabe recordar que el Estado responde a los intereses de las clases que tienen el poder. Si se trata de la burguesía monopólica, pro-imperialista, obviamente será un Estado que fortalezca las relaciones de escandalosa concentración de la riqueza en manos de dicha élite económica por medios “pacíficos”, si puede, o empleando la violencia más descarnada, llegando inclusive a la destrucción de países enteros. Las tragedias de Libia, Irak y Siria son los más recientes ejemplos de lo dicho.
Sin embargo, pese a no tener nada que ofrecer a la humanidad, la cultura hegemónica neoliberal cuenta con más poder que cualquier otra alternativa política y económica. Sus redes clientelares y grupos corporativistas disponen de inmensas posibilidades para controlar el poder de la mente de grandes porciones de la población, y con ello, procuran manipular la política en su propio beneficio.
Pero, si se trata de un Estado que responde a la insurgencia social anti-hegemónica, adquiere una serie de rasgos democráticos que incluyen una mejor distribución de la riqueza por la vida del desarrollo de un Estado nacionalista, con la consecuente reducción de la pobreza, el desempleo y el aumento de sueldos. Son gobierno que realizan transformaciones a “diferentes velocidades”, conforme a la relación de fuerzas existente en cada país. De allí que, en Venezuela, los cambios sean más profundos que, por dar un ejemplo, en Uruguay.
Al estar confrontado con el imperialismo y la oligarquía criolla, elimina la privatización de las empresas estatales, lleva adelante la renegociación de la deuda externa, establece un nuevo sistema de rentas por el cual hace pagar puntualmente los impuestos a los más ricos (que, antes, los evadían con la abierta complicidad del poder pública) o renegocia los contratos de explotación de riquezas naturales con las transnacionales en beneficio de los países dueños de los recursos, rechaza los programas de ajuste orientados a que los efectos de la crisis sean cargados sobre las espaldas del pueblo y se da prioridad del gasto público encaminado a fortalecer la educación pública, la sanidad universal, la obra pública y el cooperativismo (que en nuestro medio toma el nombre de economía social y solidaria), antes que a los beneficios empresariales.
Todo esto o mucho de esto, se ha hecho en el Ecuador reciente, en la Bolivia de Evo Morales, en la Venezuela de Chávez y Maduro, en Nicaragua, Argentina, Brasil, etc.
Ello implica que el sector estatal de la economía se convierte en la barrera fundamental para impedir que las turbias acciones de las compañías transnacionales puedan seguir saqueando impunemente nuestras riquezas, que se proteja mejor al medio ambiente y que se ofrezca más posibilidades de progreso al pueblo. Es, por tanto, la base material de la defensa de la soberanía nacional. Desde luego, ningún cambio, por positivo que sea, es aceptado por la gran oligarquía. En Ecuador, el Comité Empresarial –entidad que representa a la crema y nata de del poder económico privado del país- constantemente está cuestionando esta avanzada política. Para ellos no importa que mejore la situación del ciudadano promedio si es que con esas medidas se le pone obstáculos para el enriquecimiento ilimitado de la “casta” dominante. A la vez, es ese mezquino interés el que convierte a la oligarquía en el aliado principal del imperialismo y la coloca en la primera fila de la conspiración oligárquica, llamada también “restauración conservadora”.
¿Esta conspiración es desconocida para un “socialista” como Enrique Ayala Mora o para un emepedista como Luis Villacís? Desde luego que no. Y, sin embargo, en los hechos, uno y otro parecen actuar al unísono con sus “enemigos de clase”. La derecha plutocrática oponiéndose a toda política social a pretexto de que el creciente gasto público es un “despilfarro” que conducirá inevitablemente a un colapso económico que en realidad no se producirá. Y los pseudo-izquierdistas apoyando subrepticiamente a la derecha, mientras en público desconocen olímpicamente los logros políticos, económicos y sociales de la Revolución Ciudadana, para sostener que no existen diferencias entre los gobiernos neoliberales y el gobierno actual.
Sofistas unos y otros, cuentan con una gran red de periódicos, radioemisoras, canales de televisión y redes sociales para trasmitir un mensaje desalentador, que sistemáticamente falsea la realidad para llevar el agua a su molino.
Ese mensaje apunta en primer lugar a indisponer a la mal llamada “clase media” en contra del pueblo fomentando pasiones tan bajas, pero tan apreciadas por los “pancistas”, de que el bienestar particular es opuesto a bienestar general. No en vano se les escucha afirmar, con una miopía que causa lástima, que el bono de desarrollo –que no fue creado por Rafael Correa pero que, reformulado, ha contribuido a disminuir la pobreza extrema- hace que los beneficiados se vuelvan vagos y que vivan a costilla de los que sí pagan impuestos.
Por lo tanto hay que girar la vista hacia los oligarcas que lo único que pueden ofrecer es la vuelta al decrépito neoliberalismo. De allí el éxito parcial de la derecha en las elecciones de febrero del año pasado. Aquí cabe recordar la observación de Lenin que indicaba que la pequeña burguesía, solo se vuelve revolucionaria cuando desciende tanto su nivel de vida que se hace inminente su proletarización. Eso explica sus veleidades y vaivenes. Que en un momento dado pueda apoyar cambios radicales y, más tarde, cuando cambia su situación, prefiera (o, mejor, pretenda) “ascender” hacia las cumbres de la alta burguesía.
Frente a este complejo cuadro, corresponde a los comunistas promover una política de masas que impulse la profundización y la radicalización del proceso de “socialismo del siglo XXI”. Fortaleciendo la política de alianzas con todas las fuerzas políticas y sociales que nos permita avanzar por este enrevesado proceso lleno de contradicciones e incomprensiones, donde todavía nada está decidido definitivamente.
Si lograra vencer la derecha, con sus aliados temporales de pseudoizquierda, se reinstalaría un sistema opresivo para el pueblo que sería difícil de revertir. Hay que recordar que cuando vence la contrarrevolución, la oligarquía impone un régimen dependiente del imperialismo, represivo y empobrecedor, a largo plazo. Baste recordar la España de Franco, el Chile de Pinochet o la Rusia de Yeltsin para saber lo que le espera al pueblo y a la izquierda revolucionaria en caso de ser vencidos.
Sin embargo, las leyes objetivas de la sociedad, que nunca han desconocido los retrocesos y las derrotas temporales, son favorables a los cambios progresivos. La sociedad en su conjunto avanza hacia el socialismo. Y, entonces, es el factor subjetivo, es decir la conciencia políticamente organizada del pueblo en partidos políticos revolucionarios, la que se convierte en fuerza motriz de la profundización de los cambios.



